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Año nuevo: renace el tiempo

Juan Bautista del C. Pabón Montiel

 

El día 31 de diciembre termina el año. Un tiempo se va al fondo de los siglos; renacen las esperanzas. La maestría de la vida se instala en lo más alto: honramos el sagrado don de vivir, privilegio que solamente hay en el planeta tierra.

No nos dijo el tiempo ¡volveré!, cumpliendo su promesa como una sagrada ofrenda, y así nos embarcaremos en los próximos 365 días; lanzándonos a la mar, para explorar nuevas dimensiones; alejándonos de la soledad de la desesperanza. Como fuere, el año 2016 se va al infinito, en la ronda de los astros que iluminan los deseos y buenaventuras.

Todo se abrirá como un bouquet de flores, apenas florecidas; todo el pasado se borra ante las primeras campanas del 31, amaneciendo el primero de enero. Los nuevos besos de la vida sellan los labios tibios del amanecer. Un río inmenso de luces ilumina el 2018.

Hemos visto la agonía del año que se va, que se va de prisa, cargado de sus dolores, de su angustias y el obsequio que nos hizo con todo lo que ha donado, cual rito celeste en homenaje al encanto de vivir.

Aprendimos de la solidaridad de las personas que viéndonos caminar lento, con bastón en la mano, nos tienden la diestra para hacernos cruzar una intersección en el camino. Una niña de quince años, rubia, blanquecina como la nieve, nos ayuda a subir las gradas de la Casa de la Cultura “Raúl Otero Reich”. Este año da lecciones de misericordia, al igual que un conductor de motorizado, para que tengamos seguros la libertad de caminar sin miedo.

Un brisa de otoño, arrobándonos como una madre, envuelve la tarde decembrina; haciéndonos sentir primogénitos de los anhelos nunca abandonados, pese a los años que bordan las sienes.

Se fueron muchos, otros nacieron y nos quedamos con la chispa de las luces y sombras del pasado. Diciembre con el verano enseña la mansedumbre de la creación; la piedad del Dios de la vida que tanto nos da, no obstante que, a veces, no comprendemos el mensaje.

Quedémonos con el año que llega, lleno de misterios, trayéndonos la novedad de un tiempo envuelto en papel oro, para que descubramos sus encantos en un capullo de rosas; de los jardines que recuerdan la infancia tierna de pétalos inmortales.

A todos los lectores de EL DIARIO, Decano de la Prensa Nacional, así como a su personal y ejecutivos, los estrechamos en el corazón, enviándoles un abrazo, invocando los buenos hados para vuestra protección y felicidad.

El azul es un color privilegiado, de la dulcedumbre de las olas del mar, al celeste cielo de la bóveda del universo. Ese espejo del pasado nos ha dejado las arrugas de lo viejo y la tersura de la piel de los recién nacidos.

Tome mi insignia, mi bandera de los próximos meses que correrán, para ganar el final en un campeonato que muchos quieren que se vaya y otros que se quede, en un abrazo cálido de lo bueno por llegar.

¡Bienvenido 2018!

 
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