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[Ignacio Vera]

La espada en la palabra

Bolivia en la cultura de la pobreza


 

La sociedad occidental boliviana es digna de los estudios antropológicos, sociológicos e incluso psicoantropológicos más exhaustivos y minuciosos que pudieran hacerse. La sociedad occidental es como una talega porque dentro de ella se encuentran, apelotonados y casi sin poder distinguirse demasiado bien, varios estratos que son como subcategorías, cuyas características más generales están confundidas entre sí. Se podría analizar cualquiera de estas subcategorías desde la perspectiva de la religión, por ejemplo, o desde la de la cultura política. Pero yo creo que la perspectiva que mejor y mayor panorama ofrece para el juzgamiento de las peculiaridades de la sociedad occidental, a nivel microfísico, es el de la vida económica. (Incluso la religión puede ser un resultado fatal o una extensión de lo económico).

Vamos a tomar como punto de partida y de fin a la sociedad india mestizada. (A dos cosas me arriesgo al acuñar ese denominativo: a ser como anacrónico porque se ha dejado de usar sin razón el término indio -que es muy digno, por cierto- y a ser un poco ambiguo porque ni definiéndola así se es demasiado preciso). El conglomerado indio mestizado (el del cholo, para los pensadores de comienzos del XX) ha creado, si hablamos con Pierre Bordeau, una cultura de la pobreza en su mayor expresión. No es tanto una raza, es más un estrato económico que está caracterizado por creer en el sincretismo cristianoandino, por ser experimentado para el comercio y los negocios y por no tener una conciencia clara de adónde pertenece en el colectivo social; es la misma corrupción de la cultura india genuina porque recogió mucho del vicio de los peninsulares. Pero sobre todo se caracteriza por tener un afán de lucro fanático y casi obcecado, y para analizar esto se podría utilizar las herramientas de Weber sobre la acumulación de capital, pero no me meteré en ese asunto.

Su habilidad para el comercio está en su sangre porque la heredó del indio primitivo de los Andes, pero el afán desmedido de ganar dinero lo adquirió de otra parte, quizá de los europeos, porque aquí hay incluso un cierto dejo de utilitarismo inglés. En fin, el lector ya debe haber más o menos dibujado en su mente el retrato de esta franja social de la que se habla. Es, justamente, la que gasta su dinero en fiestas y danzas relacionadas con el cristianismo, pero sobre todo con lo andino; sin embargo, las más de las costumbres que se ve en ese tipo de acontecimientos son fruto de una nueva cultura que une lo cristiano con la teogonía andina, y a eso precisamente nos referimos cuando hablamos del indio mestizado (no mestizo, que es elemento distinto). Bordeau, quien dice además que estas personas no ponen su interés en el estudio, atribuyó a estos despilfarros privados gran parte del declive y el estancamiento de las sociedades. Se habla, repito, de un nivel analítico microfísico.

El título de este artículo reza Bolivia en la cultura de la pobreza, y quizá sea un título demasiado generalizador, porque al ser la nación demasiado abigarrada, una senda taxonomía económica se puede hallar en ella; pero lo cierto es que la cultura de la pobreza ha sido y sigue siendo uno de los mayores escollos para los países subdesarrollados (una excepción es México). Todo lo que he escrito aquí no tiene que ver con la política en el limitado sentido de la palabra, o sea, no tiene relación directa con la labor de los ministerios ni de los presidentes; está más relacionado con algo que se sitúa en otro plano, pero que es tan profundo como el de la política: la psicología de la raza y el modo de concebir la economía a nivel micro. El problema se puede paliar desde distintas aristas, aunque si se simplifica las cosas, termina estando ligado inminentemente a la educación a nivel público, y, por tanto, al quehacer de gobernantes y magistrados.

 
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