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Navidad triste

Daniel Rojas Delboy

 

En los albores de 1940, Quillacollo ya tenía rango de una pequeña ciudad organizada. Floreciente y con enormes ansias de progreso. Su población urbana estaba por encima de los 17 mil habitantes, todos pertenecientes al patrimonio ancestral de sus antepasados. Familias ilustres de esclarecida reputación, notables profesionales, matronas respetables y honestos artesanos. Esa era el signo característico del clan quillacolleño, el conjunto de caracteres que constituían la esencia de la naturaleza ideal del pueblo.

Querendones a la tierra, leales a sus principios, y sobre todo, respetuosos y fervientes defensores de las costumbres, del conjunto de cualidades e inclinaciones que formaban el carácter del pueblo, partidarios del tradicionalismo.

Por eso, que de esas épocas se recuerda bellos y dignos ejemplos de costumbrismo, modales y conducta de esa prominencia de gente.

Es cierto reconocer que al margen de esa hermandad en que se vivía, se observaban violentos encuentros políticos, donde liberales y republicanos sostenían fuertes peleas de civismo y partidista en períodos electorales.

Pasada la euforia o efervescencia política, volvía la tranquilidad y la paz para retornar a la habitual convivencia. Las invitaciones a fiestas familiares para festejar algún acontecimiento, eran recíprocas donde liberales y re-publicanos brindaban por el bienestar y felicidad de los quillacolleños.

La celebración de la fiesta de Navidad adquiría una extraordinaria solemnidad acompañada por ceremonias importantes, dada la convicción inequívoca de los pobladores por la religión católica, razón por la que consagraba todo su fervor a la Natividad del Señor Jesucristo.

Como en todos los pueblos católicos del mundo, en esta fecha se recordaba con un-ción y sentimiento profundo de recogimiento espiritual. Quillacollo también se aprestaba a rememorar el Nacimiento de Jesús.

En todos los hogares, con inusitado entusiasmo procedían a levantar el altar del nacimiento, recurriendo a figuras, pequeñas efigies, ramas, flores, hasta conformar en cuadro alegórico a semejanza del pesebre de Belén.

Imaginariamente las mentes se remontan a aquel acontecimiento.

Este hecho no podía estar al margen o fuera, en la familia Rojas Claros. En efecto en su domicilio de la calle Campero, las dos hijas: María y Florencia, con entusiasmo y devoción daban los últimos toques al altar del Niño Jesús, bella escultura traída del Cusco y conservada por varias generaciones heredadas en la descendencia familiar.

Sin embargo de la laboriosidad de las dos señoras, en sus semblantes mostraban sig

nos de amargura y honda preocupación por el estado de agonía en que se debatía la madre, doña Manuelita, cuyo deceso podría producirse en cualquier momento por la avanzada edad y las dolencias propias de la senectud. En la misma habitación, frente al altar, se encontraba postrada en la cama doña Manuelita, ya con la rigidez de la muerte y la mirada fija en el Niño.

Mientras tanto, las pocas y principales calles del pueblo se veían concurridas por la gente que apresuradamente se dirigían a algún almacén en procura de adquirir comestibles u otros artículos. Las tiendas de doña Carolina de Olave, de las Suaritas se encontraban repletas de amas de casa comprando los productos básicos para la elaboración de los “pasteles y bueñuelos”.

Similar afluencia había en las bodegas de doña Damacena de Quitón y de los hermanos Garnica, donde se vendían buenos y aromáticos vinos y licores, destilados en sus huertos de viñedos de Suticollo y Tacata.

Los concurrentes con la reconocida amabilidad de los dueños eran invitados a manera de “galeta” con vasos del zumo de las uvas, que eran bebidos de “una vez” agradeciendo con un dejo de beneplácito.

La actividad era mayor en la plaza “principal” donde, desde tempranas horas se ubicaban en las aceras, vendedoras de ponches, buñuelos, choriceras y bistiqueras que atendían con prodigalidad a los que “hacían hora” para la misa.

Desde las once de la noche, la población comenzaba a llegar a la Iglesia Matriz de San Ildefonso para ir tomando ubicación en las tres naves del templo. Familias de patricios y connotados ciudadanos ocupaban los sitios centrales.

La Iglesia se vestía de gala, estaba primorosamente adornada. Desde los candelabros de cristal colmados en las bóvedas se irradiaban rayos de luces artificiales. En el altar ma-yor se encontraba la imagen de la Virgen de Urcupiña engalanada con hermosos ramos de flores y candeleros de varios brazos con cirios de cera, cuya iluminación embellecía más el majestuoso rostro de la Patrona de Quillacollo.

Cuando el reloj marcaba con sus punteros las doce de la noche, las campanas de la torre irrumpían con sus toques al ambiente de la noche serena, anunciando la iniciación de la misa de gallo. Frente al altar el párroco ataviado de su mejor vestidura talar, haciendo la señal de la cruz, saludaba a la concurrencia “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, Amen. “El Dios que se unió estrechamente con la humanidad a María por medio del Espíritu Santo, esté siempre con ustedes. . .” “Hermanos, para celebrar dignamente estos misterios, reconozcamos nuestros pecados”.

Desde el coro, los músicos dejaban la ejecución del oratorio “El Mesías” de Handel. Los violines en las manos de los maestros Francisco Rojas y Reunildo Hinojosa, don Domingo Luján con la corneta, Telésforo Vargas con la flauta o pífano; en el armonio y primera voz don Max Camacho, eran parte de la ceremonia solemne que se realizaba.

El incienso aromático llenaba la iglesia con sus humos cuyo olor exhalaban los presentes.

Todo un ambiente de belleza, sensibilidad y profunda fe cristiana, donde los corazones palpitaban a la espera del momento sublime del advenimiento de Jesús.

Y allí, en el hogar de las hermanas María y Florencia, la tristeza y el llanto laceraban y desgarraban el espíritu de las dos, minuto a minuto, segundo a segundo veían y sentían que la vida de doña Manuelita se extinguía y ante aquella irreversible verdad cundía la desesperación.

En esos instantes, cuando el tañido de las campanas de la iglesia anunciaban el Nacimien-to del Salvador, doña Manuelita en un esfuerzo supremo de su vida exhalaba el último suspiro. Excepcionalmente coincidía, hacen cien años en este mismo acontecimiento nacía la nieta del general Mariano Melgarejo, doña Manuelita y después de un siglo de vida fallecía.

En la iglesia, en las calles, en los hogares era dicha, felicidad y alegría, ignorando que en una modesta familia la muerte destrozaba los corazones de las dolientes. . . Paradojas del destino.

……………………..

El día del entierro, toda la población acompañó al traslado de los restos de la difunta al ce-menterio público, en un acto de solidaridad y sentimiento, virtudes nobles de los quillacolleños.

Tomado del libro: “Semblanzas, anécdotas y cuentos de un pueblo” de Daniel Rojas Delboy.

 
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