[Ignacio Vera]

Naturaleza del servicio militar obligatorio

II

 

Aunque no se tenga consciencia suficiente de ello, hay todavía un alud de cosas que confinan la libertad del hombre a un lugar donde no ha llegado la luz del pensamiento ni la mano del buen político. Una de estas cosas es la imposición que a los varones se les pone de enlistarse en la milicia.

El problema es tan profundo, que ni nuestros leguleyos ni nuestros juristas lo han tocado, justamente por la hondura del asunto. Los grandes problemas de las sociedades no se resuelven sino después de una evolución larga, que es una suerte de fermentación en las conciencias y en la misma opinión pública.

El servicio militar conlleva consigo un bagaje ideológico, una tendencia política, y hasta se diría un credo casi piadoso. No es una obligación vacía de decantación doctrinal, como lo es, v.g., la de la participación en la democracia. Piénsese en lo siguiente: No solamente el servicio militar fuera un viacrucis para un archipacifista como Albert Einstein, sino que también lo sería seguramente para un anarquista como Bakunin. Más allá de que yo piense que el sistema político que abraza éste último sea aplicable a la realidad o no, defiendo a ultranza su derecho a pensar lo que le venga en gana, a tener las inclinaciones que más le convengan, y, en consecuencia, a no tener que hacer algo que no conjuga con sus más íntimas fes y dogmas. Entonces el Estado es transgresor de la libertad humana.

¿Que un castrense es de por sí un bárbaro o un indolente? No hay tal. Si no, no hubiesen existido Alejandros Magnos, Napoleones ni Bolívares, espíritus no solamente cultísimos, sino además delicados. Lo que se cuestiona no es la dignidad de la profesión castrense, para la que ciertamente se necesita mucha virtud y mucho ingenio; lo que se interpela es la obligación que impone el Estado de ejercerla en determinado tiempo (casi en la puericia) de la vida de un ser humano.

Estoy cierto de que una de las cosas más sagradas que tiene el hombre es la defensa de los padres y el culto hacia ellos. La defensa y el culto de la Patria es solamente una extensión de esta sentencia que digo. Pero también soy un rendido devoto de la libertad del hombre. Su libertad, siempre y cuando esté dentro del orden y se abstenga de ser transgresora del sistema en que se vive de manera civilizada, es sagrada, inalienable, y por muy patriota que se sea, nadie que ame la libertad de culto y de acción puede ser partidario de un Estado omnipotente, como piensan los comunistas que un Estado debe ser, para que utilice la ley para violar el albedrío de sus hijos.

Hay personas que piensan distinto, y son muchas, pero yo creo que se debe, al menos por ahora, entrenar la mente y la virtud espiritual antes que la fuerza del músculo. Hay que recordarles a legisladores y gobernantes que se debe conducir el carro público teniendo en cuenta el espíritu de la libertad ante todo, y teniendo en cuenta la moral del espíritu cristiano.

Estos debates son los que deben ser tocados, no solamente para la edificación del Derecho y la moral públicos, sino también para la salud del periodismo y del debate del día a día, que en determinados momentos turbulentos de la historia, se estancan debido a los enconos y las pasiones irrefrenables.

Esperemos que esté próximo el día en que la ley extinga esas funciones casi fúnebres para las almas que detestan la violencia. La atmósfera misma de nuestra civilización tiene que terminar en un tiempo dado con este tipo de aberraciones que, por ser demasiado comunes, son tomadas como normales.

 
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