[Manfredo Kempff]

La ilusión del litio


 

No se trata de ser escépticos, pesimistas, que todo lo ven negro y que no creen en nada positivo. Eso es lo peor, es una enfermedad. Por el contrario, siempre hemos sido optimistas y todo lo hemos visto color de rosa, aunque eso tampoco es bueno. Pues bien, un editorial de El Deber de Santa Cruz nos ha hecho meditar mucho porque se refiere al anuncio que, sobre la explotación del litio, realizó S.E. en oportunidad del 6 de agosto. Fue cuando -según el periódico- dijo que en cuanto Bolivia consolide la industria del litio, “mandará en el mundo” al igual que Arabia Saudita con el petróleo. Francamente es algo sorprendente porque estamos muy lejos de eso.

Lo del litio -como dice el editorial- es similar a lo de Mutún, nuestro gran cerro de hierro, uno de los más grandes del mundo, donde no se ha hecho nada más que soñar para que se establezca la gran industria del acero. Ya hemos visto en qué quedó el tan proclamado polo de desarrollo del sudeste nacional. Y nosotros agregamos que es tan absurdo como lo de que Bolivia sería “el centro energético del continente”, en base a su producción gasífera. Aquello era muy creíble, realmente. Ahora se insiste con eso, aunque no se sabe de cuántas reservas disponemos bajo la tierra, de la seguridad de los mercados que se tambalea, y por tanto la gente cree cada vez menos en los alucinantes anuncios de S.E., que había ofrecido una Bolivia similar a Suiza, en un plazo de tres lustros, y henos ahora que transcurrieron 10 años cómo estamos.

Respecto del litio, recuerdo muy bien la insólita huelga que obligó al primer gobierno de Sánchez de Lozada a ceder ante el Comité Cívico Potosinista, para que se fuera de Bolivia la Lithium Corporation. Y cómo la empresa estadounidense se fue a Chile u otros lugares sin pensarlo dos veces. Por supuesto que hasta hoy, muy poco se ha hecho en el Salar pese a que dice el editorial de marras que Bolivia guarda el 43% de las reservas mundiales de litio. Sin embargo, el primer productor de litio es Australia, con 14. 300 toneladas y nuestra ignorancia no nos permitía saber que por allí hubieran salares. Le siguen Chile, con 12.000 toneladas; Argentina con 5.700; Brasil con 200 y nosotros los bolivianos exportamos el año pasado nuestras primeras 10 toneladas de carbonato de litio. Eso dice el editorial citado.

¿Con ese ritmo vamos a “mandar en el mundo”, como Arabia Saudita lo hace con el petróleo? ¡Pero qué manera de engañar a la gente! Si lo que importa en Bolivia es perdurar en el poder a como dé lugar, pelear con Chile, insultar a los gringos, aplaudir a Maduro, tratar de sembrar coca hasta en los parques nacionales y enorgullecerse de echar, con petardos y soldados, a empresas inversoras extranjeras. ¿Cómo vamos a conseguir las multimillonarias inversiones que se requiere para proveer al mundo de automóviles que funcionen con baterías a litio? Eso de que tengamos el salar más grande del mundo, así como la montaña de hierro más rica, y un gigantesco globo de gas natural debajo de nuestras plantas, no dice nada si no se lo explota debidamente. ¿Cómo con ese criterio nacionalizador cavernario vamos a pensar en convertirnos en una Suiza dentro de tan solo cinco años que restan al ofrecimiento de S.E.?

Desde hace mucho que en nuestro país está constituida la empresa pública de Recursos Evaporíticos dependiente de la vieja Comibol, que ha anunciado grandes progresos en la explotación del litio, que podría llevarnos a un primer nivel mundial. Sin embargo, dudamos de que el Estado tenga los recursos suficientes para un empeño de tanta envergadura. No sabemos todavía de adjudicaciones a compañías extranjeras para tratar las salmueras. Desde luego que con capitales propios no vamos a hacer nada. A propósito, y para una referencia si nos parece importante, en Chile han sido siete las empresas preseleccionadas por la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo), para procesar e industrializar el litio; una empresa rusa, tres chinas, una belga, otra coreana y otra chilena. De ahí será una o tal vez más las compañías que asuman la gran tarea de la industrialización.

Debemos dejar de lado los sueños, los discursos inflamados de patriotismo, las iras innecesarias que no producen nada bueno, y trabajar de verdad. No importa que S.E. y sus ministros duerman las ocho horas diarias que dicen son recomendables. Lo importante es que laboren otras ocho o doce horas si es necesario, pero con la mente despejada y sin apuros.

 
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