[Álvaro Zuazo]

Políticamente incorrecto

El Estado Minotauro en el Tipnis


 

El Mito del Minotauro fue concebido en Atenas, ante su derrota en la Guerra del Peloponeso, como una forma de alimentar la falsa seguridad de que la conflagración contra Esparta no les acarrearía más desgracias. La historia narra que el monstruo se alimentaba periódicamente de siete jóvenes varones y otras siete mujeres, para así saciar sus ansias de llevar el horror más allá de su laberinto.

La imagen sirvió al gran intelectual francés Bernard de Jouvenel para hacer un parangón con el actual estado moderno. El escritor sostiene en Sobre el poder: Historia natural de su crecimiento (2011) que con el paso de la edad Media a la modernidad las monarquías se hicieron absolutistas, y coincide con Hobbes en que ello obligó al pueblo a un persistente intento de “securitización”, de la búsqueda de seguridades ante un mundo cada vez más hostil.

Así, el pueblo en busca de la seguridad que sólo la monarquía y luego el estado moderno podían proporcionarle se sometió al alto precio de pagar, a cambio de ella, cada vez mayores cuotas de libertad. El poder fue creciendo no por su propia dinámica, sino también porque el ciudadano fue entregándole esos espacios a cambio, primero, de preservar su seguridad (mucho más después de las dos grandes guerras), y luego del estado de bienestar.

La Europa Medieval había emergido como un equilibrio entre “las dos espadas”: la espiritual y la del régimen temporal, aunque asimismo con sus tropelías y desequilibrios. No obstante, con la reforma protestante, el Estado empezó a cobrar más fuerza y de ser sólo potestad, pasó a ser autoridad.

Y así, en los hechos, en nuestros días, el Estado asumió la plenitud del poder. Pasó, entonces, de aplicar el derecho de las gentes a dictarlo. Y al perder la religión cada vez más espacios, el poder se convirtió en el altar desde donde se dicta no sólo lo que conviene y lo que, no sólo va a discernir entre amigos y enemigos, sino a establecer qué es el bien y qué el mal, y a actuar en consecuencia. De este modo, los enemigos pasaron a ser los malos: y los propios, los buenos, en lo que terminó por constituirse en un Estado maniqueo.

Este es el trasfondo del Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial, que castigó a Alemania como si se tratara de la encarnación del mal. Por tanto, los aliados impusieron a Berlín una panoplia de medidas que conducían a su desaparición. Para Jouvenel, muy maltratado por decir esto en Francia, fue su país el que causó, sin restarle un adarme al peso de la locura de Hitler, quien dio las justificaciones suficientes para dar paso a la Segunda Guerra Mundial.

En Bolivia, Minotauro parece haber empezado a sentar sus reales, particularmente desde 2006. El Estado del MAS manifiesta esas tendencias cuando inventa permanentemente enemigos: la derecha, el separatismo, Chile, el imperio y los eternos vendepatrias. Pero, a cambio, no brinda la seguridad que de ese Estado se espera (hoy, en los hechos, ninguno puede garantizarla), y a cambio del estado de bienestar lo que ofrece es un estado “obrista”.

Pero como su poder es tan omnímodo como el de Minotauro, también tiene la arrogancia de exigirle a la cruz que se retire, como dijo recientemente una ministra para callar a un obispo. Y hacer que la política no sea el derecho de discutir de los ciudadanos sobre la polis y su futuro, sino la forma en que maneja el poder. La política es entonces aquello que le corresponde hacer al gobierno, no a la ciudadanía. Es potestad plena del gobierno que detenta el poder del Estado.

Así, este Estado se constituye en una maquinaria de poder. Y aunque el Estado es un artilugio neutro per se, como por ejemplo un tractor, que puede servir para construir o para destruir, es quien lo conduce quien determina ahora dónde está el bien y dónde está el mal.

Y este Estado es el que ha decidido ahora que en seccionar el Tipnis está el bien, y en quienes se oponen está el mal, sin importar si en el afán Minotauro devora a los propios ciudadanos que le dan vida.

 
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