Integrarse es sólo el primer paso

Javier González Sánchez

 

Cuando vemos a un grupo de españoles residentes en otro país comer paella, tortilla o juntarse con otros españoles, muchos piensan que desperdician la oportunidad de conocer otra cultura o de perfeccionar el idioma. Pero estas acciones forman parte de una función psicológica que beneficia la adaptación. Buscan en estos pequeños gestos algo que, de forma inconsciente, les define y creen que han perdido. Se encuentran en medio de un proceso conocido como duelo migratorio.

La experiencia de emigrar no sólo nos puede abrir los ojos a una nueva cultura, idioma o costumbres. Supone una oportunidad para comprender como se sentían los inmigrantes que veíamos en nuestro país. Conocer el miedo, la tristeza y la añoranza que ellos sintieron y no supimos comprender en su momento.

“No se integran”, “¿Porque no hablan nuestro idioma?”, “Yo me adapto cuando voy a su país”… es muy común escuchar estos argumentos cuando tenemos una conversación sobre los inmigrantes que residen en nuestro país. Pero su idioma y sus costumbres natales son parte de lo que hace a estas personas ser ellos mismos. Cuando les exigimos que renuncien a ellos les pedimos algo que, no solo es muy duro, es imposible.

Tenemos que comprender que la experiencia de conocer otro país como turista y como residente es muy distinta. Y aunque parezca algo sencillo, muchas personas no valoran la diferencia. Es normal que cuando visitamos un país por placer renunciemos a comer nuestra comida típica o a hablar nuestro idioma. Pero en estos casos la renuncia es temporal y no supone el mismo impacto emocional que si debemos hacerlo por tiempo indefinido.

“Tengo la impresión de que a través de los medios de comunicación se ofrece una imagen idealizada de la emigración. Se dibuja como un Erasmus, una aventura que lleva implícita un eslogan subliminal que asegura que fuera se vive mejor”, afirma Cecilia Arroyo, psicóloga de duelo migratorio. Defiende que tenemos que desprendernos de la idea de que la crisis es siempre una oportunidad. Mudarse a un país extranjero supone unas consecuencias psicológicas que muy pocas personas tienen en cuenta.

Arroyo sostiene que existen muchas ideas erróneas respecto a emigrar. Muchos afirman que no es bueno juntarse con personas que hablen tú mismo idioma porque dificulta aprender uno nuevo. Pero expresar tus problemas en tu propio idioma supone un desahogo emocional necesario para la estabilidad mental.

La integración no supone que la persona tenga que dejar de hacer frente a sus demonios. Esta psicóloga afirma que muchos de sus pacientes no son recién llegados. “Al principio, los emigrantes están tan concentrados en su integración que, en cierto sentido, se desconectan de lo que ocurre en su interior”. Con el paso de los años se enamoran, encuentran un trabajo estable y establecen un círculo de amistades. La idea de regresar se hace cada vez más difusa y se sienten extranjeros tanto en el país que los acogió como en el que les vio nacer. Esta sensación de pérdida se conoce como duelo migratorio.

Joseba Achotegui, psiquiatra, establece siete aspectos que conforman el proceso de duelo: familia y amigos, lengua, cultura, estatus social y contacto con su grupo de origen. Todos estos elementos son a los que un emigrante debe renunciar. El proceso de duelo no sólo se basa en asimilar la perdida. Abarca la aceptación de una nueva vida, reconocer qué son las nuevas cosas que te definen y cuales no puedes dejar del todo atrás porque ya forman parte de ti.

El autor es periodista.

Twitter: @jgonzalezsan

ccs@solidarios.org.es

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