El último día de un reo condenado a muerte

Ignacio Vera Rada

 

He terminado de leer Le Dernier Jour d´un Condamné en una edición parisina muy rústica y hasta ordinaria.

La otra noche se reunió un grupo de estudiantes de la Universidad pública. Asistí a la reunión. En el cenáculo había alumnos de Derecho, Filosofía, Sociología e incluso alguno de Medicina. La charla -o debate- giró primero en torno a las reformas de que es menesteroso el sistema universitario boliviano y la pedagogía boliviana en sí misma; después, alrededor de las libertades públicas y la libertad de prensa y opinión. La charla se fue acalorando, y las posiciones, enconando. Lo cierto es que pocas cosas hay tan saludables para los pequeños núcleos sociales de una gran sociedad como el intercambio de ideas y razones.

Había un mequetrefe que si mal no me equivoco dijo que estudiaba Filosofía. Y en medio de la algazara, gritó que un violador de mujeres debía ser condenado a muerte. Yo abrí mis ojos e inflé el pecho para contestarle con un discurso deliberativo, pero la indignación no me dejó pronunciar palabra. O si dije algo solo fue un tartamudeo. Y es que la condena a muerte quizá sea el signo más evidente de la barbarie en toda sociedad que quiera llamarse civilizada.

Ahora bien: mi argumentación espiritual solo valdrá ante el creyente; “Ante el escéptico nada tenéis que esgrimir”, seguramente me diréis. Nada más falso. Al creyente le puedo decir que nadie es señor de la vida ni juez supremo de las almas. Y al ateo, que un criminal o un convicto de la peor calaña puede tener todavía un papel social en este mundo. Piénsese solamente en los hijos que pudiere criar esa persona, o la esposa a quien pudiere estar asistiendo desde su ófrica celda. Y si el reo condenado no tiene esposa ni hijos, aún puedo esgrimir otros argumentos, si no muy sencillos, sí muy contundentes. La filosofía de los países en los que existe la pena de muerte dice que se elimina al reo para alejarlo de la sociedad; si esto fuese cierto, ¿no sería suficiente con encarcelarlo? Lo que sucede es que detrás existe un trasfondo donde solo campean los sentimientos más viles del ser humano -odio, rencor- institucionalizados en leyes hechas por los diputados más desaforados y respaldados por el Derecho positivo. Nada más bestial que promover un país de verdugos; nada más bajo que hacer matar a alguien como si fuese un animal.

Estos sistemas penitenciarios donde la ley permite la eliminación de un reo son los más injustos con quienes reciben la orden de pulsar el gatillo asesino. ¿Son acaso ellos, los que deben disparar después del “¡Fuego!” de sus superiores, los que están de acuerdo con la eliminación de un hombre? ¿Por qué la injusticia de hacer matar a quien puede amar la vida suya y la de los demás?

Es increíble y espantoso el número de Estados cuyas legislaciones todavía contemplan la pena capital. Congresos, cámaras, organizaciones religiosas donde son pronunciados los más románticos e hipócritas discursos sobre el Derecho natural y los Derechos Humanos… pero aún no se habla sobre la pena de muerte. Se han puesto de moda las tendencias feministas, que no sé si tendrán o no éxito en la marcha de la sociedad. Pero hora es ya de interpelar la pena de muerte en los países donde se la pone en ejecución. Ojalá estuviera vivo Víctor Hugo.

He escrito lo anterior con la plena conciencia de que Bolivia no ha puesto en el tapete o a consideración de la Asamblea -a Dios gracias- la cuestión, y con la misma conciencia de que en cualquier momento podría hacerlo.

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