[Álvaro Riveros]

Clepsidra

¿Arde París?


 

Esta psicótica pregunta formulada pertinazmente y en tono de demanda por Adolfo Hitler al general Dietrich von Choltitz, por entonces gobernador alemán de París, refleja las horas de angustia que precedieron a la liberación de la Ciudad Luz, durante la Segunda Guerra Mundial, al negarse ese heroico general a cumplir la orden impartida por su perturbado jefe, de destruirla e incendiarla.

Recrear ese trágico pasaje histórico sucedido hace setenta años, nos reproduce el terrible padecimiento que debieron sentir los parisinos la semana pasada, en torno a los feroces atentados protagonizados por el Estado Islámico (ISIS), al dejar una estela de sangre, dolor y muerte en las calles de esa capital.

El común denominador de ambos acontecimientos es el fundamentalismo y el fanatismo intransigente que no permite otra forma de pensar que la del régimen político de turno, tal como fue con el régimen nazi de ayer, y hoy con el Estado Islámico ISIS, proclamado por sus prosélitos. Un absolutismo despótico que pudre el alma de los pueblos y los envilece con su intolerancia, al no permitirles apertura alguna. Regímenes de caudillos mesiánicos que consideran que la historia ha comenzado a partir de ellos y por ello se sienten insustituibles. Gente que considera cerrar la inteligencia y el libre discernimiento en cárceles de trapo, al igual que a sus mujeres.

De ahí que este último acontecimiento luctuoso, que podría pasar como un acto más de un desquiciado, similar a aquellos que asolan los campos universitarios de los EEUU, tiene un trasfondo mucho mayor y debe concitar nuestra atención, pues se trata del inicio de una suerte de guerra santa, donde los adversarios son curiosamente hijos de la misma religión islamista como: suníes, chitas, kurdos, alauitas, y toda una suerte de agrupaciones paramilitares como: Hamás, Hezbollah, al Qaeda, ISIS, etc., donde el antiguo enemigo, “el sionismo judío”, ha pasado, como por encanto, a un segundo o tercer plano y ha sido sustituido por estos movimientos como ISIS, que con su intolerancia y sadismo se ha ganado el dudoso honor de encabezar la lista de los adversarios rabiosos.

Una muestra palpable de este paradójico señalamiento es la reacción de Hamas, el movimiento islamista que gobierna la Franja de Gaza que, al condenar enérgicamente la cadena de ataques en París, ofreció sus condolencias a las familias de las víctimas, a través de uno de sus jefes, Basem Naim, quien señaló: “El terrorismo no tiene religión. Dejen alzar nuestra consigna bien alta: No al asesinato de inocentes, la gente debe estar segura en sus casas y aldeas”, “no a la muerte de inocentes en cualquier parte del mundo”.

Lo sucedido en París fue uno de los últimos y desesperados conatos oficiados por estos asesinos. La continua deserción de sus militantes y la muerte, cada vez más frecuente, de sus líderes a manos de los aliados debilita su accionar y nos induce a pensar que estamos cada vez más cerca de nuestras raíces bíblicas que nos hermanan a cristianos, musulmanes y judíos, y más lejos de esas voces apocalípticas que anuncian que arde París.

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