Alcides Arguedas y las primeras manifestaciones de feminismo en Bolivia

Erika J. Rivera

 

Desde el Siglo XIX se puede constatar en Latinoamérica una tendencia intelectual consagrada a esbozar explicaciones sobre el destino de nuestras patrias. Primeramente, se discutió en torno a la libertad política, pero a partir del Siglo XX otros temas más complejos ganaron paulatinamente en importancia, como la justicia social, el rol de los pueblos indígenas y la actitud adecuada frente a la emancipación de la mujer. Los grandes autores latinoamericanos contribuyeron desde un comienzo a percibir la importancia de las cuestiones debatidas. Es el caso de Alcides Arguedas.

Mi hipótesis es que el ensayo Pueblo enfermo (1909), de este autor, es uno de los primeros escritos y uno de los más importantes para indagar sobre el problema del feminismo. Considero que Arguedas es un pionero y visionario en el ámbito del feminismo, porque criticó la carencia de un buen programa educativo para las mujeres con referencia a la Reforma Educativa liberal de aquellos años. Asimismo, mencionó la construcción de lo femenino como la carencia principal de la formación intelectual en las generaciones juveniles de su época. Una crítica que se reactualiza en el presente. Arguedas tematizó tempranamente la cosificación del cuerpo femenino, la primacía de la apariencia, la banalidad de la moda, la construcción de estereotipos y la falta de entusiasmo por una formación intelectual. También mencionó específicamente la falta de reflexión sobre nuestro entorno y sobre nosotras mismas. Dijo Arguedas, por ejemplo: “De esta lamentable concepción pedagógica, de semejante abandono espiritual, nace la falta de preocupaciones intelectuales en la mujer boliviana, cuyo solo anhelo es seducir por las exterioridades ostensibles en la riqueza del trapo”. Para nuestro autor, ese es el resultado de la educación impartida en los colegios religiosos, porque a las mujeres se les enseña que el mérito y demérito no dependen de la conducta o de la educación individuales, sino de la emanación sobrehumana llamada Dios. “Esta falta de sólida instrucción únicamente sirve para despertar en ellas frivolidad ingenua y lamentable”.

Criticó a la mujer por ser ella precisamente la que promueve las superficialidades de clase y la constructora de la artificial aristocracia. Arguedas consideró que no había una buena coordinación en la educación; faltaba una adecuada disciplina escolar. Censuró la pereza mental, pero también reprobó a los profesores incompetentes y la falta de observación del método racional por nosotras mismas. Aseveró que siempre que seremos víctimas mientras no demos prioridad a la educación y a nuestra formación intelectual. Nos incitó a que dejemos de ser flacas intelectualmente. Afirmó: “La mala educación que reciben nuestras niñas, quienes, en vez de instruirse, se preocupan de adornarse”.

Podemos advertir en Arguedas una preocupación por la transformación cualitativa del género femenino y para ello apunta a una filosofía de la educación con contenido liberal preocupándose por la formación de la mujer. Nuestro autor incitó a que las mujeres se llenen de aspiraciones intelectuales. Él creyó que el proyecto liberal permitiría el ensanchamiento del horizonte femenino, sobre todo con el estudio. Por otra parte, no se explicaba cómo es que en Francia, un pueblo inteligente y cultivado, la mujer no ejercía el derecho al voto como en el resto de Europa (1909).

La mujer en Bolivia debe “invadir los establecimientos de enseñanza para adquirir en ellos armas iguales a las del varón”. Sin embargo, Arguedas mostró ingenuidad, como, por ejemplo, al decir: “La escuela y el liceo, grandemente impulsados por don Ismael Montes, hicieron su obra. Y la mujer, al cabo de pocos años, ya instruida, comenzó a darse cuenta de su triste estado y a querer salir de él para afirmar sobre bases sólidas el dominio que ejercen universalmente las seducciones de su belleza, la gracia de su espíritu, la delicadeza de sus sentimientos”. Aunque esta construcción teórica sea una cosificación del género y lo criticable en Arguedas, no hay duda que es un pionero en reflexionar sobre el rol de la mujer en la sociedad y su educación, sobre todo escudriñando los programas educativos y criticando a las mujeres por priorizar tareas domésticas en lugar de leer y escribir. Tampoco aprobó la separación de géneros en las escuelas, ya que así se los educaría alejados uno de otro. Considera que este sistema educativo no es armonioso y lo mejor es la coeducación.

Educar a las mujeres, ¿pero para qué? Es su pregunta indagadora sobre la situación de la mujer. Por supuesto, esta es una pregunta que nosotras deberíamos cuestionarnos interpelándonos a nosotras mismas: “Al salir de estos colegios, las niñas llevan al hogar de sus padres pobre y flaca cultura. Se compone de un poco de geografía, otro poco de historia, algo de matemáticas, pocas frases de francés, cuyo significado generalmente no comprenden; dos o tres pañuelos bordados, no por ellas, sino por las maestras”. A esto no hay mucho que agregar, ya que modernizando los términos estamos en la situación actual.

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