[José Alberto Diez de Medina]

Motín contra el mariscal Sucre


 

La mañana del viernes 18 de abril de 1828 fue para todo el pueblo boliviano un día luctuoso, de amargura y vergüenza. Ese fatídico día se levantó en armas, en contra del poder constituido, el Cuartel de la Guardia del presidente Antonio José de Sucre, en la capital de la República.

Casualmente, a las seis de la mañana de ese infausto día, pasaba por el cuartel el doctor Luna, médico del hospital, quien fue detenido, retirado, no pudiendo pasar. Sorprendido y sobre todo asustado, dio media vuelta, dirigiéndose al Palacio de Gobierno, a fin de informar lo sucedido.

En conocimiento de ello, el presidente Sucre pidió que ensillaran su caballo, para dirigirse al cuartel con dos ayudantes. Presentándose el coronel Andrade, ordenó a éste adelantarse, para informarse de lo sucedido; partiendo al galope, al llegar a la esquina de San Francisco fue recibido a balazos; insistiendo en pasar, uno de los soldados lo derribó de la silla con un fuerte culatazo en el pecho. Arrastrándose, retrocedió más de media cuadra, encontrándose con el General Sucre. Viendo éste su estado, apresuró su cabalgadura, junto a sus ayudantes y el ministro Infante, penetrando al cuartel espada en mano.

Al dirigirse a la tropa el general Sucre, a fin de acallar su voz, desde adentro se dio la orden de fuego, una descarga los cubrió de balas. El Gral. Sucre fue herido en el brazo derecho y en la cabeza, no era muy grave esta última herida. El comandante Escalona, herido en el hombro, tenía descolgado el brazo.

Inmediatamente, el Gral. Sucre fue retirado del lugar, siendo atendido por el Dr. Luna. El pueblo consternado repudió el suceso, pero el mismo continuaba, adelantando la revolución.

Postrado en cama, el Gral. Sucre, recibió a sus oficiales de confianza, y a algunas visitas. Una dama, esposa de un alto político, lo visitó, accediendo el Presidente a recibirla, solicitando reciba a su marido, quien según ella no era el instigador del movimiento.

A las 11 de la mañana se presentó el esposo, notable político altoperuano, doble cara, reiterando su fidelidad, a lo que el General le dijo: “Emplee su influjo sobre la tropa; evite Ud. que salga del cuartel y no haga sufrir al pobre pueblo, si piden que yo muera, y esto pueda salvar a Bolivia, no excusaría el sacrificio, sino, dígales que todo quedará perdonado, que olvidaré los balazos y sufriré en silencio mis dolores”.

Al salir de la alcoba del Presidente, el susodicho político alentó a la poblada, poniéndose a lado de los sublevados, alentando la rebelión. Desde ese momento se incrementó el motín a la cabeza de un oficial Cainzo. La Paz y Potosí, se alistaron a fin de enviar fuerzas y tropas a la Capital.

Agustín Gamarra, general en jefe del ejército peruano, dirigió una carta al Gral. Sucre, ofreciendo sus armas y servicios, para tranquilizar la política boliviana. Sucre contestó de inmediato a la maléfica misiva, negándose a aceptar el ofrecimiento de las armas, por no creerlo conveniente y porque ni Bolivia podría recibirlo sin mengua de su orgullo nacional.

Sin embargo la maldad ya estaba echada, vendrían momentos de desconsuelo y traiciones, más una invasión, vergonzosos tratados, “Piquiza”.

El 1 de mayo, cruzó el Desaguadero el ejército peruano.

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