Marchas, huelgas y otros extremos


 

La profusión de marchas, manifestaciones, huelgas de hambre, protestas con obstrucción de vías de circulación, implican una realidad: han desaparecido el diálogo y la concertación en el tratamiento y búsqueda de solución a diversos problemas que se presentan en la vida nacional.

Al respecto, hay dos posiciones que circulan en el pueblo: se ha perdido la capacidad de diálogo en las autoridades, que no pueden convencer a los grupos que acuden a los extremos o son éstos que, de todos modos, buscan la confrontación. Si es lo primero, sería un grave retroceso democrático porque siempre se tuvo conciencia de que el diálogo y la concertación eran los remedios más efectivos para alcanzar soluciones, para prevenir nuevas posiciones de reclamo y, sobre todo, para evitar la presencia de otros extremos.

Si es lo segundo, es la capacidad siempre disociadora de quienes organizan marchas, manifestaciones y otros con tal de crear problemas al Gobierno, a las instituciones o a quien sea, pero con el objetivo final de perjudicar a toda la colectividad.

Las marchas, manifestaciones, protestas y otros hechos contrarios a la paz social, al ordenamiento institucional, a la armonía que debe tener la colectividad, perjudican gravemente al pueblo porque impiden la libre circulación del sistema de transporte, crean condiciones de temor en los transeúntes, puesto que no saben qué hacer debido a la obstrucción de calles, impiden la normalidad en las labores cotidianas y, en muchos casos, ocasionan accidentes y desgracias personales con graves consecuencias.

Al margen de los daños personales que sufre la colectividad, es el país el que ve menoscabada su seguridad para el trabajo y el desarrollo, su certeza para emprender proyectos y su autoridad para encarar lo que debe hacer, por el temor a sufrir rechazos de sectores interesados en que se haga o no determinado proyecto; en otras palabras, las huelgas y los hechos extremos paralizan el desarrollo, disminuyen las condiciones de seguridad de las personas, impiden el trabajo y sientan precedentes que otros grupos creen que deben imitar para alcanzar lo que buscan.

Es muy importante que las autoridades tengan la capacidad necesaria para el diálogo y la concertación; que no pierdan, por ninguna razón, facultades para mostrar la realidad a quienes reclaman o buscan la satisfacción de pedidos muchas veces imposibles de ser atendidos; que las autoridades estén debidamente preparadas para enfrentar, en paz y armonía, todas las dificultades que, especialmente en el campo económico, son insatisfechas; de otro modo, se corre el peligro de una permanente anarquía con derivaciones muy peligrosas.

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