Estudiar fuera, derribar fronteras

Irene Casado Sánchez

 

Pocas cosas enriquecen tanto como viajar. No se trata de ser un turista. Sino de sumergirse en una cultura y convivir con sus gentes. En los últimos 25 años, millones de estudiantes europeos han conocido esta experiencia gracias a las becas Erasmus. Una apuesta de la Unión Europea por la cultura, la educación y el futuro.

La crisis económica ha golpeado los presupuestos destinados a este programa. Las subvenciones que reciben los estudiantes que emprenden sus estudios en el extranjero no distan demasiado de aquellas con las que nació el proyecto. Aunque todo es más caro: el alojamiento, el transporte, los libros, o el café con el que se acompañan las conversaciones entre clase y clase. Y las becas se reducen cada año. En España, la cuantía de la ayuda no supera los 215 euros mensuales. Es cierto que hay trabas económicas. Que para ser un erasmus se necesita de un colchón familiar o bien de la astucia suficiente para sobrevivir fuera de casa. Pero, en parte, en eso consiste la aventura.

El programa Erasmus ha sido difamado y vilipendiado por cierta caverna mediática que generaliza a partir de fotos que circulan por redes sociales y de leyendas urbanas; equiparan toda una experiencia con un periodo de vacaciones, unos meses de fiesta y jarana con poco o nada de sentido. Sin embargo, ser un erasmus es mucho más. Se trata de pasar a formar parte de una cultura extraña. De calarse hasta los huesos de sus gentes. De recorrer las calles de una ciudad desconocida hasta memorizarla. De entablar amistad con personas que vienen de la otra punta del mundo. De abrir miras y derribar fronteras, sobre todo las de la mente. De estudiar en un aula donde todo suena y es diferente. De economizar para sobrevivir y viajar.

El programa de intercambios se ha consolidado desde que surgiera en 1987. De los 3.244 estudiantes que participaron en la primera partida, se ha pasado a más de 150.000. Ya no hay problemas para convalidar los cursos, existen oficinas destinadas a resolver trabas.

Quizá el éxito del programa reside en esa experiencia que cada joven, tras un año como universitario en el extranjero, no puede olvidar. No sólo se trata de crear una mentalidad europea o establecer un sistema uniforme de educación, sino de empaparse de una cultura, de un idioma y crecer…

“El Erasmus ha venido a sustituir al servicio militar, pero con mejores perspectivas. Obliga a salir de casa, a desenvolverse solo”, explicaba el estudiante Rafael de Paz para el diario El País. Aunque sutil, el parentesco entre la mili y el Erasmus es real. De un día para otro, hay que empacar una pequeña parte de la vida en una maleta. Ligeros de equipaje, toca despedirse de lo cotidiano y conocido para poner rumbo a un destino desconocido. De repente todo es nuevo y no siempre es fácil. Abrir una cuenta bancaria, familiarizarse con el sistema de transportes, encontrar alojamiento, comunicarse en otro idioma o enfrentarse a la soledad son experiencias que la mayor parte de los erasmus supera.

Salir de casa y apañárselas uno solo no son el único parentesco entre estas experiencias. El servicio militar permitía a los jóvenes soldados conocer gentes de otros lugares, conversar e intercambiar ideas, discutir, compartir. Lo más enriquecedor de ser un estudiante en el extranjero es estar rodeado de personas que comparten la misma aventura. Solos, en una ciudad desconocida y con ganas de comerse el mundo, así se plantan miles de jóvenes cada año en el extranjero. Pero el sentimiento de soledad termina por desaparecer y lo desconocido pasa a ser cotidiano. En apenas diez meses se forma una pequeña familia. No importa el idioma, ni las costumbres, al final no hay barreras, ni prejuicios, ni fronteras. Cuando el año académico llega a su fin sólo hay amistad. Recuerdos. Y el sentimiento de que la experiencia no podría haber sido mejor…

La autora es periodista.

Twitter: @CCS_Solidarios

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