Por un porvenir sin sobresaltos
Severo Cruz Seláez
“Amaos los unos a los otros” pregonó el cristianismo en sus orígenes. Ello implicaba la búsqueda de una convivencia igualitaria con oportunidades para todos. Pretendía que las brechas de la desigualdad fueran superadas a fin que se imponga un proyecto humanitario en libertad y con justicia.
El “amaos los unos a los otros” corresponde a la inspiración de Jesucristo en la lucidez de su tránsito por este mundo terrenal. Es la ecuanimidad espiritual a favor de los más humildes, pero sin agresión a los poderosos, pues Él prefirió morir asesinado antes que alentar sedición. Culminó de esta manera con su propósito de pasar a la historia como el Hijo de Dios entregado por completo al servicio de sus semejantes. Espíritu extraordinario que por sustentar sus ideas e ideales acabó atormentado y clavado en el madero.
Empero hoy se ha obviado, tergiversado e ignorado ese principio cristiano, para asumir una demencial carrera armamentista. La mayoría de los gobiernos latinoamericanos, en connivencia con los inversionistas de la industria de las armas, anhelan, al parecer, el desastre ante el fracaso de sus proyectos políticos y, particularmente, de los riesgos que implican problemas sociales como desempleo, delincuencia, prostitución, corrupción y narcotráfico, que han escapado del control de las autoridades competentes.
Algunos, buscando hegemonía política en la región, gestionan la adquisición de millonarios pertrechos militares no sólo para preservar la soberanía de sus países, según ellos, sino para amedrentar a quienes consideran sus adversarios. Otros, muy conocidos por sus cuentas pendientes con la historia, hacen lo propio.
Empero las naciones pequeñas y empobrecidas, sin posibilidades de competir con aquéllas que no dan un paso al costado en sus propósitos expansionistas, sobrevivirán a la presente coyuntura armamentista con el “Jesús en la boca”, como consecuencia de su secular atraso, dependencia y subdesarrollo. Y los tiempos de guerra significarán tiempos apocalípticos para ellas.
¿Bolivia, frustrada en sus proyecciones, tendrá la suficiente fortaleza para sobrellevar los efectos del belicismo que nos preocupa hoy? ¿Qué suerte correrá por sus dolencias que se traducen en la división de ricos y pobres, de citadinos y campesinos, de orientales y occidentales?
Desgraciadamente el presente está plagado de susceptibilidades y marcado por intolerancia, odio y revanchismo, que alientan el desencuentro, alejan la reconciliación y debilitan la unidad regional. No quisiéramos que la carrera armamentista derive en perturbación de la paz continental que conlleva bajas, heridos y prisioneros, porque guerra es destrucción y animadversión.
En suma: que el enunciado de “amaos los unos a los otros”, que afloró en labios del rabí de Galilea, se apodere de todos quienes gobiernan la región, a fin de alejar las señales de la conflagración y reguardar la paz por el bien común.
Que el desarme espiritual y material contribuya a encauzar los sentimientos solidarios en la construcción de un porvenir sin sobresaltos.
Aún es tiempo para desechar la consigna de “armaos los unos contra los otros”.