La Paz
Lydia Parada de Brown
aLa ciudad de La Paz es una de las más bellas del mundo por su rara topografía. Está rodeada de altas montañas que muestran sus crestas nevadas, que con el azul del cielo toman un color difícil de describir. Desde el inmenso Altiplano se divisa el Illimani, que es la montaña que custodia la urbe con su blancura inmaculada y su gran altura. En esta metrópoli se contempla edificios antiguos del tiempo de la colonia, mostrando sus balcones, algunos ya semiderruidos que nos hacen recordar esos años de esclavitud, cuando el indio en su choza de paja y su inaudita pobreza era el pongo de los extranjeros que venían a América a acumular riquezas y a explotar nuestras minas llenas de oro y plata.
Estos ranchos pobres donde anidaban familias aymaras, parecidas a nidos de horneros, estaban casi siempre cobijados bajo frondas de un hermoso árbol que con su sombra paternal liberaban a sus habitantes del ardiente sol y en las noches sus ramas recibían el viento nocturnal, resguardando la mirada del nativo. Saliendo un poco del poblado se veía dispersas haciendas que adornan el paisaje con su variedad de colores.
En ellas se oía el bajar de los toros, el mugir de las vacas y en las madrugadas el canto de los gallos anunciando el amanecer. Pero todo esto después de siglos ha variado. El Alto de La Paz es una urbe muy poblada, con todos los adelantos de las grandes ciudades, con universidad y edificios públicos desde donde los empleados prestan servicios a los ciudadanos. Esas chozas silenciosas de antes, con sus habitantes callados, ahora albergan a campesinos que se agrupan muchas veces para hacer manifestaciones de protesta, reclamando el Gobierno atención para sus demandas.
Caminando hacia el sur en la ínclita ciudad de La Paz, nos encontramos con mansiones llenas de jardines, edificios de apartamentos con todas las comodidades, elegantes restaurantes, parques y avenidas llenas de flores que embriagan el ambiente con su perfume.
El próximo 20 de octubre recordaremos que hace 461 años, el capitán español Alonso de Mendoza, fundó una ciudad con el nombre de Nuestra Señora de La Paz, para perpetuar un tiempo de paz y tranquilidad en el Alto y Bajo Perú.
Todos los visitantes nacionales y extranjeros que pisan este suelo desparejo contemplan la hermosura de esta hondonada, Todavía hay mucho que decir de La Paz, solamente quiere terminar reconociendo que es una metrópoli anfitriona fabulosa, pues nos recibe a todos con amor, por eso digo en un poema: “Bendita La Paz, sigue igual de fiel como los espíritus del más allá, y aunque tu alcancía esté vacía, nunca niegas el asilo a los que llegan”.