Libera cogitatio
Los no políticos
Gonzalo J.S. Quiroga Soria
Un gerente piensa que el arte y la política pueden gerenciarse. Así como un editor piensa que hasta cierto punto la vida puede editarse como un diario o un noticiero de televisión. Un viejo editor me dijo alguna vez: “El matrimonio es una larga crisis que se administra. Por más que estemos en el peor momento, un beso antes de dormirse, un beso al despertar y un ramo de flores los domingos. Si usted sabe editar la realidad, puede también editar su matrimonio”. Se refería a la posibilidad de manejar los tiempos y las cosas, desechando lo inconveniente y resaltando lo necesario.
No digo que la política sea asimilable a la literatura o a la pintura, pero les aseguro que también es un arte mayor y que su praxis necesita una vocación tan profunda y absorbente, como la que se autoimpone cualquier artista verdadero, sin embargo no he conocido a un solo dirigente de primer nivel que no fuera un animal político. Un hombre sin tiempos libres, un enfermo de la materia que domina. Como esos cracks futbolísticos que al evocar su infancia solamente se recuerdan jugando a la pelota, día y noche, obsesionados gozosamente por desarrollar su vocación profunda. Las vocaciones volcánicas borran al hombre del mundo, ponen en suspenso a sus familias y a las necesidades mundanas y, como todo acto de amor torrencial, son un acto de obsesión. Nadie llega a la primera fila de las butacas sin ese fuego sagrado.
Comparar la política real con la política corporativa de las empresas es, por lo tanto, un malentendido amargo. La política, por más gurúes y politólogos que valgan, resiste las reglas del management ortodoxo y de la ciencia pura. En el mundo de los negocios, uno más uno es dos. En política, como todo el mundo sabe, no necesariamente dos más dos son cuatro.
Ahora que el Gobierno y la oposición se esfuerzan por presentar entre sus filas a muchos hombres de empresa, muchachos por lo general bienintencionados que se han pasado, no hace mucho, a la política, creyendo que ésta sólo necesita buenos gestores. Son los no políticos, hombres de ideología pasteurizada, que igualmente merodean las posiciones de “centro” y el libre mercado, y que han comenzado a meterse en el barro de la historia.
A unos, los resultados electorales de diciembre los dejarán fuera de combate. Otros se pondrán nerviosos porque deberán realizar lo que prometerán en la campaña, y es ahí donde algo tiene para enseñarle el oficialismo a la oposición. Para empezar, su voluntad de poder. El MAS no tiene un puñadito de dirigentes destacados: tiene cien candidatos potables en las gateras, con ganas de comerse la cancha. Es dogmático y principista: acoge a hombres ubicados en las antípodas ideológicas, aunque dispuestos, por las buenas o por las malas, a aguardar su turno y a trabajar coordinadamente cuando la tormenta arrecia y cuando el que manda tiene claro el horizonte y buena sintonía con la mayoría electoral. Casi nadie, por cuestiones del pasado, queda fuera del colectivo, y nadie se rasga las vestiduras por hacerse amigo de un enemigo de antes, o por codearse con un dirigente que piensa el país desde la otra orilla.
Sin dominar la materia, sin vocación ni visión política, sin sentido común, sin pragmatismo y sin humildad, sin capacidad para acordar lo mínimo ni para construir una idea, la oposición se juega de barrio en barrio, de comunidad en comunidad, es decir, en una baldosa; sabe que si no evoluciona por afuera, una oposición diferente surgirá tarde o temprano y que sobrevendrán como siempre la crueldad, el destripamiento, la lucha sin cuartel.
Es un período de maduración que no se distingue claro en el horizonte cercano, por los que intentan detentar el poder, saben que del otro lado no hay muchachos testimoniales con la valija armada al lado de la cama, sino políticos con hambre que quieren cambiar la historia. Sólo se cambia la historia con ese apetito insaciable, con pasión. La nueva política no puede madurar en manos de los no políticos, esperando que ello derrote al MAS; el país ya no puede esperar, los verdaderos políticos deben actuar.
El autor es Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales.