La paz es un imperativo de la hora, por el bien común
Severo Cruz Seláez
Una de las mayores preocupaciones, en todos los tiempos, fue el hecho de preservar la paz, sobre todas las diferencias de tipo racial, político o religioso. Evitar que la contaminación bélica o armamentista, alentada por intereses creados y la esquizofrenia de algunos sectores, haga pasto de ella que representa el derrotero de la convivencia pacífica. Y como tal es siempre proclamada, respaldada y anhelada, por propios y extraños, por débiles y poderosos.
La paz, histórico propósito que se manifiesta intrínsecamente frágil y vulnerable, exige de la humanidad acciones de servicio permanentes, exclusivas y desinteresadas, a fin que su proyección se constituya en signo de amor, de esperanza, concordia y solidaridad, posiblemente en consonancia con los postulados de la Revolución Francesa de 1789. Y sólo afianzando la confianza en torno a ella, de todos quienes convivimos sobre la faz del globo terráqueo, lograremos eludir la devastación de la especie humana.
En este contexto surgió el Premio Nobel de la Paz, que se debe al inventor de la dinamita de origen sueco. Galardón que honró a muchos meritorios servidores de la paz, que ratificaron sus esfuerzos por resguardarla en el tiempo y el espacio. Y en justicia recayó en ellos la distinción tan preciada.
Mahatma Gandhi, con humildad, sabiduría y firmeza, asumió el liderato de la resistencia no – violenta, contra tres siglos de dominación inglesa, a la cabeza de más de trescientos millones de hindúes, en la década del veinte del siglo pasado. Con esta actitud contribuyó a remozar los enunciados de la paz mundial. Lamentablemente murió asesinado.
Martin Luther King, pacifista de color que pereció también trágicamente, dijo, en partes de su discurso intitulado “Tengo un sueño”, pronunciado al pie del monumento a Lincoln en 1964, que tenía el sueño de que sus cuatro hijos “vivirán un día en una nación en que no se les juzgará por el color de su piel, sino por la fuerza de su carácter”. Luther King con sus valiosas dosis de sangre fecundó los escabrosos senderos de la paz universal. Vaya, pues, nuestro homenaje de respeto y admiración a tan extraordinaria personalidad.
Gandhi y Luther King, espíritus humanitarios en absoluto, estuvieron persuadidos que con acciones no – violentas se viabilizaba la paz, el objetivo supremo de la humanidad. Ambos no vacilaron en desafiar los peligros que significaban los poderosos de entonces. En consecuencia acabaron bajo sus tentáculos por haber exigido dignidad, libertad, justicia y no discriminación, para sus coetáneos. “Bienaventurados los pacíficos, por que ellos serán llamados hijos de Dios”, reza el Sermón de la Montaña. “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, acota José Martí.
En suma: los bolivianos, en el marco de estas históricas referencias, debemos buscar, de forma inmediata, la reconciliación nacional, en la perspectiva de que se imponga la paz, valioso instrumento generador de bienestar social, en democracia. Basta de hostigamientos entre occidentales y orientales, o viceversa, que dañan la histórica proyección productiva, frustrando toda aspiración de un futuro mejor.
La paz es un imperativo de la hora y exige que depongamos actitudes mezquinas y sectarias por el bien común.