Los viejos
Juan Bautista del C. Pabón Montiel
La sabiduría llega con los años, en tanto el tiempo quiebra el cuerpo, doblegándolo hasta despojarlo de los encantos juveniles. Las inequívocas señales de la senectud muestran los ríos que se fueron, dejándonos marcados para siempre. Son ríos que no volverán, aguas que refrescaron los pies que doblaron los caminos, las arterias de la vida.
Las primeras nieves en las sienes nos anuncian que llega la tarde, se asoma la vejez. Nieves benditas, altares ante los cuales ofrendamos los años nuevos, recorrimos cual gacelas incansables, impávidas ante el paso de las horas. Ahora los años nos miran con misericordia, pero nosotros estamos armados de serenidad, calma, de la sonrisa del corazón, porque nada nos extraña, nada es nuevo. Todo bebimos, todos consumimos en esas sedientas horas de la juventud.
Caminamos despacio, respiramos los últimos hálitos que nos quedan. Tomamos el bastón como una aceptación de que la noble herramienta evitará que terminemos en el suelo, con nuestra humanidad quebrada, partida por la inclemencia del descuido o el olvido de los peligros.
Hoy no presumimos, no hacemos alarde de gimnasia. Aprendimos a escuchar la vida, la oímos a una distancia increíble, anunciándonos nuestra partida. Sólo es cuestión de que repiquen las campanas, llamándonos al merecido descanso.
Por nuestro lado pasan la niñez, los años mozos, vemos a los adultos intentando alcanzarnos, buscándonos para ser compañeros de finitud. Cierto, seremos y somos al final, cercanos a la nada y de esa nada cantaremos con nuestras voces de cenizas.
Bailé y canté en el tiempo prestado, con el acordeón a cuestas le dí serenata a la bienamada, le puse flores y besé su rostro oliendo a canela. Todas las calles que recorrí con el Señor de las alturas, el Tata Illimani, de mudo testigo, saben de mis amores, dolores y desesperanzas. ¿Qué más puedo pedirle a la vida? Me pongo de rodillas para decir: gracias años, gracias soles de mi inquieta juventud que me permitió cometer errores, que me hizo llorar en las caídas y me sirvió de bálsamo para levantarme.
Hoy me toca retirarme para dormir en la almohada prestada que todos tenemos guardada para el último sueño. Reposaremos en ese sueño, sonriendo a los perfumes de antaño y hogaño. Gracias, vejez, que me hiciste sabio, calmado, deteniendo a la tempestad de los años viejos.
Un abrazo a todos los viejitos y viejitas que celebraron el 26 de agosto su día.