El Día del anciano
Olny Gonzales de Aguilera
¿Por qué el 26 de agosto es el Día del anciano?, lo ignoro, lo que sí recuerdo es que nuestra población, con sentimientos filiales, dedica ese día a agasajar a las personas de la tercera edad (hombres o mujeres que han pasado los 60 años de vida, cuando comienza la tercera edad). Las familias que cuentan con un anciano, padre o abuelo, lo agasajan ese día, mimándolo, sólo en ese día. En igual forma la sociedad caritativa acude a los albergues de ancianos para congratularlos de manera especial, con regalos, fiestas improvisadas, comidas, refrigerios, serenatas y guitarreadas, para mitigar por unos momentos sus años de pena, de enfermedad y abandono, olvidados por la familia y la misma sociedad.
Pero ¿qué pasa después del Día de la ancianidad? Todos olvidan a aquellos viejos, inclusive los hijos mayores y personas sensibles, mientras las autoridades encargadas de velar por su mejor trato social, continúan con su intolerancia y olvidan sus merecimientos y consideraciones humanas a las que tiene derecho la ancianidad.
Eso se observa todos los días en la calle, en el bus, en los centros de salud, donde hacen tremendas colas, pasando el tiempo mal sentados o tirados en el piso, esperando la voluntad de los médicos y enfermeras para recibir a desgano una insignificante medicina que no palia su dolor ni enfermedad. Es peor si por desgracia el anciano va a una oficina pública, ante alguna autoridad, etc., recibiendo como respuesta de una déspota empleada o secretaria la frase amarga de siempre: “su asunto no salió todavía, vuélvase, abuelito, la próxima semana, hoy no está el jefe o el Dr. está muy ocupado y no puede atenderlo”.
Así en todo lugar recibe los sinsabores de la vida y el triste destino de ser viejo, cuando las fuerzas físicas le faltan y las del alma lo consumen por tanta injusticia y desprecio que recibe, sin llegar a comprender esa familia o sociedad cuánto aportó en su vida, en los mejores tiempos para formar una familia, educar y profesionalizar a los hijos, trabajar por una sociedad y una patria más digna, que hoy tiene la obligación de atenderlo humanamente en los últimos años de su vida.
Hay padres o abuelos que ante los sinsabores que reciben de los hijos ingratos o de esa sociedad que le pagó mal, no lloran por dignidad o porque no está en su razón completa y tiene que enjugarse las lágrimas en silencio. Son pocos los hijos que adoran a sus viejos y los cuidan con sinceridad, Muchos los desprecian y tienen vergüenza de presentarlos a la sociedad, los ocultan en el último rincón de la casa. O en el mejor de los casos, con los últimos pesos que le quedan al viejo, lo ponen en una casa o asilo de ancianos, para atenderlo, sin mayor preocupación.
Ese es el final de un anciano adinerado y si por mayor desgracia el anciano no tiene ni familia, ni donde caerse muerto, el rincón de una casa vieja o callejuela nauseabunda será su última morada. Qué destino triste le espera a la vejez desvalida y pobre, ¿verdad? Las autoridades e instituciones encargadas de velar por el anciano pobre sólo brillan por su fantasía y quimera.