Una visión crítica de la gloriosa Revolución de Julio
III.- Con el ejército peruano realista cruzando la frontera del Desaguadero y las tumultuosas movilizaciones aymaras tomando posiciones contra Goyoneche, la Asamblea resolvió abandonar Tiwanaku y trasladar a la milicia con todos sus efectivos y armamento a los altos de Chacaltaya; atrincherarse y librar el primer combate, resueltamente. Se resolvió, asimismo, disolver la Milicia y crear, en su lugar, el Ejército de la Revolución con Gabriel Antonio Castro como Comandante. Este ejército se organizó rápidamente, creando mandos y otorgando grados, atendiendo a las necesidades de la nueva situación militar creada. Con este nuevo ejército se juró luchar hasta el último aliento; en una vibrante arenga Castro declaró airadamente: “De aquí en adelante nuestro deber es combatir contra el enemigo hasta conseguir la independencia”.
A fines de septiembre Castro bajó de la cordillera a la ciudad con 300 hombres para formar un gobierno provisional que entregue la ciudad al enemigo después de derrotar al coronel Indaburo, llevándose, seguidamente, preso a Murillo en momentos en los que iba a ser ahorcado. De regreso a los altos de Chacaltaya se libró la primera batalla de la revolución de la independencia contra el coronel Tristán; se luchó ardorosamente, durante horas, pero no se pudo continuar combatiendo por más tiempo. El comandante Castro ordenó entonces, embarrancar todo el equipo pesado e iniciar la retirada cruzando la gran cordillera, camino de bajada en dirección a Coroico. A la altura de Zongo, no obstante la estrecha vigilancia que se puso sobre Murillo, éste había conseguido ponerse en fuga.
Goyoneche entró en la ciudad indefensa y enseguida ordenó que dos columnas de 500 soldados cada una, al mando de los coroneles Tristán y Basagoytia, ingresaran a los Yungas para atacar a Chulumani. La conquista de estos pueblos, levantándolos en armas para luchar por la revolución y la tenaz defensa de Chulumani como base de la guerrilla, cubren toda la campaña de los Comandantes Lanza y Castro, que duró algo más de un mes. Irupana era el punto de concentración de los terratenientes y las fuerzas realistas. Lanza, sintiéndose poderoso con la movilización de los pueblos que lo apoyaban, atacó resueltamente a Irupana con un número de combatientes que sobrepasaba los 8 mil patriotas, luchando en Chicaloma, sitio en el que tuvo lugar el encuentro final en la campaña contra los españoles. De continuar la guerrilla, Chulumani habría continuado de pie, combatiendo, pero al poner Lanza un frente masivo de ataque, se expuso a la superior fuerza de la artillería contra las concentraciones de masas que atacaban. Se combatió por varias horas con intenso fragor, pero Lanza y Castro fueron derrotados, siendo aniquiladas sus fuerzas de combate y dispersadas las masas que acudieron en su apoyo.
En noviembre de 1809 la revolución, tanto en la ciudad, en el altiplano, como en Chulumani, estaba completamente derrotada. Le quedaba a Goyoneche desencadenar la persecución de los patriotas, encarcelarlos e iniciar el procesamiento militar contra más de medio millar de patriotas capturados para ser sometidos a juicio y recibir sentencia. El general Goyoneche se invistió de Presidente del Tribunal y el coronel Narciso Basagoytia fue designado Promotor Fiscal. Todos los miembros de la Junta Tuitiva fueron sentenciados a morir en la horca, bajo terribles rituales tomados de la inquisición. Murillo encabezó la lista de los condenados que iban a subir al cadalso. Cuando marchaba erguido hacia el patíbulo no se pensaba que iba a morir heroícamente, con el antecedente de haber sido separado del Club Patriota y de la Junta Tuitiva.
Inmensa e inesperada fue la sorpresa cuando se incorporó a la revolución con un mensaje inmortal lanzado, a grito vivo, a la posteridad. Estando ya con la soga anudada puesta en el cuello, apartando al verdugo de su lado, arengó con fuerza portentosa: “Compatriotas, yo muero, pero la tea que dejo encendida nadie la podrá apagar”. Era el augusto llamado a los pueblos a proseguir con la revolución y también su íntima convicción para enaltecer su participación en la gran revolución. Le siguieron 16 años de incendio revolucionario con las guerrillas de los territorios libres ganados, ardiendo después, en todo el país; con su luz alumbrando el futuro se consagró la independencia que se ganó con Sucre y Bolívar, el 6 de agosto de 1825.
La heroíca muerte de Murillo en la horca llegó el 29 de enero de 1810; fue el día grandioso de la Patria en la que se consagraron los hombres que escribieron la luminosa Proclama de la revolución, hoy venerada por los pueblos, siempre reclamada por su gesta patriótica hoy viva: “No miréis con desdén la felicidad de nuestro pueblo”.
Juan Albarracín Millán
Presidente de la Sociedad Boliviana de Estudios Históricos
Emilio Luizaga Guzmán
Secretario General