Revisar la historia
Juan Bautista del C. Pabón Montiel
Revisar o cambiar la letra de los himnos, revisar mediante decreto todo lo que huela a criollo, español, modificar la raza, quizá sea una de las “mejores opciones” o detener el tiempo, darle la vuelta, como una marraqueta mal horneada. Con un decreto podemos eso y mucho más, con el poder en la mano, sin saber qué hacer con él.
España descubrió y conquistó América india. El precio de la conquista fue elevadísimo, en materia humana, moral y espiritual. Se derrumbó todo lo que restaba de un maravilloso imperio incaico, de Tiwanaku, la cultura azteca, se hizo reducciones indígenas, se arrinconó a los araucanos, a los cuales -según Pablo Neruda (1)- se los eliminó primero con la espada, luego piadosamente con el alcohol.
Luego vinieron las sublevaciones, las luchas por la independencia acaudilladas por criollos y mestizos. Los indios o llamados después campesinos estuvieron en la retaguardia o en el frente de batalla, pero estuvieron en las luchas por la patria americana. Se dio el mestizaje, desde el primer instante, por la fuerza de los conquistadores. Fue el precio, los costos. ¿Qué no pudieron hacer, derrotados, los hombres de hace 500 años?
Ese mestizaje también fue cultural, no sólo en nuestras caras rubicundas, llegó la religión junto a la espada, arribó la música española, mezclándose con la oriunda. De ahí nació el corrido mexicano, versos maravillosos de la revolución de Emiliano Zapata y Pancho Villa, emergió como un milagro el bolero, en la Cuba de José Martí, género musical no superado por otras culturas. El original huaiñu se unió a la jota española o aragonesa o a la valenciana naciendo la cueca boliviana; el taquirari oriental, con el sabor y olor de una nueva cultura, de una nueva promoción de valores. En Chile, la resbalosa, la tonada; en la Argentina, la zamba, el tango con fuerte influencia italoespañola, con el ingrediente estupendo del lunfardo de los barrios bajos del gran Buenos Aires. En el Perú, el vals, la marinera, manifestaciones de un pueblo, desarrollado en años, casi siglos de mestizaje. ¿Cómo deshacer el tiempo? ¿Cómo desandar la historia? ¿Revisarla, para qué?
¿Por qué también no nos deshacemos de los restos del marxismo-leninismo, del troskoanarquismo que invadió como panacea universal, cayéndose sin un disparo en los años 90 del siglo pasado? Podemos llenar toda esta nota de interrogantes y nadie racionalmente respondería, porque los revisionistas son una especie que no se extingue con sus desvaríos mentales o simiescas. ¿Ha dejado de ser República Bolivia, con un decreto?
Los himnos, compuestos por notables poetas, músicos inspirados en el romanticismo soñador o en el clasicismo intelectual supieron el motivo de sus composiciones. Con nuestra sangre, epopeyas y leyendas se conformó la maravillosa Bolivia, hoy manoseada por propios y extraños, vejada por los propios gobernantes que deberían respetarla.
Final: Bolivia perdurará, con su historia, derrotas, caídas y triunfos. Nadie la deshará de un plumazo porque simplemente se le antoja o porque nada tiene que hacer. Tenemos fe en nuestra República, señores, ya pasará el mal momento.
Referencias:
(1) “Confieso que he vivido”, del poeta chileno Pablo Neruda, militante del partido comunista chileno. En la citada obra denuncia el crimen contra los araucanos, por la verdadera oligarquía chilena que derrotó al presidente marxista Salvador Allende.