La fuerza del Derecho y
el derecho de la fuerza
Armando Mariaca V.
En muchas oportunidades, utilicé el título en artículos publicados en diversos medios; la verdad es que no pasa de actualidad y es, en los últimos tres años y medio, que cobra mayor fuerza porque, de una u otra manera, los bolivianos nos vemos obligados a las comparaciones: para empezar, siempre creímos no merecer los gobiernos que pasaron por la administración de la República de Bolivia, la Patria que lleva un nombre imprescriptible; pero, como “el hombre no se contenta con nada”, las protestas contra uno u otro régimen han proliferado y, en casos, no se dejó gobernar o, peor, se ha exigido milagros que están muy lejos de producirse. Desde enero de 2006, se pensó – como se lo hizo para las elecciones de diciembre de 2005 – que, finalmente, se producirían cambios tantas veces esperados; pero, si los hubo fue para mal, tan sólo porque quienes los llevaron a cabo no empezaron por algo elemental: cambiar ellos mismos.
El cambio que se esperaba es que se administre la nación con base en el cumplimiento fiel de la Constitución y las leyes, con práctica de valores y, sobre todo, teniendo conciencia de país y vocación de servicio; fue garrafal error el creer en quienes no tenían la mínima intención de cambiar. El señor Evo Morales Aima llegó a la Presidencia de la República al lograr el 54% de los votos del Padrón Electoral y es Presidente Constitucional; nadie discute su legitimidad y menos el derecho que tiene para gobernar Bolivia. Llegó al Gobierno con el apoyo masivo de su partido y de ciudadanos que esperaban cambios y recibieron respuesta contraria a todo lo esperado y ansiado.
Creer en la Democracia, fue algo muy bueno para el presidente Evo Morales; pero, creer que el sistema consiste en el derecho de la fuerza es, quiérase o no, el principio de los múltiples fracasos porque la Democracia bien entendida es, simplemente, vivir bajo el imperio de la fuerza del Derecho que implican la Constitución Política del Estado y las leyes; por el contrario, el derecho de la fuerza no es otra cosa que la práctica del totalitarismo y de toda fuerza que implique imposición, egolatría, resentimientos, racismos, complejos y tener como base “reivindicaciones” de lo malo que haya pasado en el país – durante la dominación española y luego hasta el 31 de diciembre de 2005 – con las etnias nativas, con grupos indígenas, criollos y mestizos que habrían sido esclavizados y utilizados por grupos blancoides, liberales, republicanos, neoliberales, revolucionarios y otras políticas que sólo habrían buscado la satisfacción de sus ambiciones y mezquindades.
Una Democracia bien entendida y mejor practicada es aquella que, sobre todo, reconoce y respeta los derechos de los demás y la vigencia institucional; da cumplimiento estricto a todo lo que señala la Constitución Política del Estado como normas que deben cumplirse y respetarse. Democracia no puede ni debe ser instrumento de imposición y, menos, práctica de totalitarismos que, por haber sido arbitrarios, dictatoriales y contrarios a la vida humana – tal el caso del comunismo que adopta los nombres de marxismo, leninismo, stalinismo, socialismo y otros – han destruido no sólo los valores, la libertad y las tradiciones de muchos pueblos sino que han impuesto sistemas políticos, económicos y sociales que han causado más daño que bien a millones de personas. La economía de estado, impuesta por el comunismo, ha implicado que el hombre no sea sólo servidor de la economía sino su esclavo y ha sometido al ser humano a las condiciones más inhumanas de servidumbre. Las experiencias al respecto aún están latentes en toda la humanidad y son muchos los pueblos que han sufrido graves consecuencias. Lo lamentable es que todo se hizo en nombre de la Democracia o tipos de democracias amañadas conforme a los intereses y conveniencias de grupos privilegiados.
Hoy, en Bolivia vivimos consecuencias de la siembra de socialismos y comunismos que en todo el mundo fueron experiencias funestas. El propio Presidente, al declararse públicamente como “marxista, leninista, comunista y socialista” no dejó nada por detrás y, fiel a lo que él cree que son esas doctrinas, busca imponerlas para que todo el pueblo las abrace y, como corolario, llega al extremo de protestar contra el país que, de ser República de Bolivia, mediante un simple decreto pretende llamarlo “Estado Plurinacional de Bolivia” tan sólo en atención a que son 36 las naciones étnicas o nativas existentes en el territorio y, como si el caso fuese único, cuando es uno más de los muchísimos existentes en el mundo entero donde cada país alberga en si mismo a habitantes de muchas naciones, culturas y estados que han conformado países o repúblicas.
La práctica de la Democracia es el cumplimiento de la Constitución y las leyes; es, sobre todo, administrar debida, honesta y responsablemente el país con miras a su desarrollo y progreso; es buscar las mejores condiciones de vida para todos los habitantes hasta culminar con una calidad de vida superior haciendo que la pobreza disminuya, que se creen fuentes de riqueza que culminen con la creación de empleo. Democracia es facilitar el trabajo libre y garantizado de todas las fuentes productivas existentes y asegurar, jurídicamente, la inversión de capitales y tecnología. Democracia es respetar el derecho a las utilidades y a la exportación de ellas, luego de los réditos que se quedan en beneficio del país.
Democracia es respetar el derecho de todos los pueblos y no inmiscuirse en sus políticas ni en sus problemas; es, fundamentalmente, entender que un país sólo puede regirse por las normas del Derecho y la fuerza de éste sobreponerse al derecho de la fuerza que buscan imponer los gobiernos débiles inclinados al totalitarismo porque son conscientes de su fragilidad que no siempre podrán hacer frente a los embates de doctrinas que pretenden la imposición en vez del diálogo, la divergencia en vez de la convergencia, la desunión en lugar de la unidad, la discordia en vez de la armonía y el respeto entre todos.