«Nostalgia» a la muerte de Cadícamo, amigo íntimo de Gardel
Enrique Rocha Monroy
¿Quién de la guardia vieja paceña no ha escuchado «Nostalgia»? Y muchos, alzando su copa para olvidar un viejo amor, como la letra del tango, han derramado lágrimas evocando romances antiguos. Y fue el mismo autor, Enrique Cadícamo, en 1995, en charla amena me relató el origen de su éxito. “Fue en un cabaret de Corrientes y Talcahuano donde conocí el 30 a Enrique Lebendiguer, un judío polaco que había escapado de los nazis. Joven empresario que en su país editó «La isla de Capri». Estaba en Polonia cuando entraron los alemanes. El violinista Pezzi, amigo mío, le dio a Lebendiguer una tarjeta con unas líneas para mí. Era un judio simpatiquísimo. Enseguida se relacionó con empresarios y artistas. Mi habitual editor me había rechazado «Nostalgia» porque ‘era muy difícil de cantar’. Yo le ofrecí mi tango a Lebendiguer. Al poco tiempo ese tema fue un éxito”.
Cerca de cumplir un siglo de vida, Enrique Domingo Cadícamo a los 99 años y cinco meses voló al cielo a seguir platicando con su amigo Gardel. Muy porteño, nació en Luján el 15 de julio de 1900; 14 años menor que Gardel, tuvo una amistad imperecedera con el Mago, nacida en las rutas artísticas de Europa. Especialmente en París donde llueven como su tango “Garúa” los gratos recuerdos de su recorrido bohemio.
Y es que Cadícamo, en su constante peregrinar, justificaba el título ganado de poeta fecundo del tango. La diversidad de los temas y la jerarquía literaria de sus versos, siempre logrados, siempre impregnados de fina y sensitiva emoción popular, siempre en labios de la ciudad toda, le permitían a Cadícamo abarcar todo el itinerario argumental del tango, desde la fresca imagen callejera con sus giros expresivamente populares, hasta la certera pincelada romántica de profundo contenido sentimental.
Tuve mucha suerte antes de la muerte de Enrique Cadícamo -quien supo hacer vibrar con su tango «Nostalgia» la fibra íntima de los paceños de la guardia vieja-, que me reciba en su departamento. Traduje así, esa hospitalidad en la reseña de mi novela biográfica de Carlos Gardel.
Es un mediodía de primavera en Buenos Aires, y un sol implacable se filtra por las ventanas de un piso de Talcahuano al 800.
En la calle no garúa ni hay niebla sobre la Boca del Riachuelo, espejo en que se mira la barriada donde vivió su niñez. Pero está su entrañable piano, el retrato amarillento de sus padres, la foto de Carlos Gardel y el sonajero de plata y de marfil que entretuvo al niño Enrique Cadícamo allá por el 900.
Desde el cielo baja Gardel para visitar a uno de los poquísimos de sus miles de amigos, que aún vive aquí, en la tierra. La cara de Cadícamo tiene 425 arrugas y cada surco rigurosamente corresponde a un tango, contemporáneo en el almanaque de Roberto Arlt y Enrique Santos Discépolo, es un viejo testarudo, conserva sus ojos celestes color de cielo que cautivaban a las minas fieles de gran corazón. De voz ronca y pensamiento de tenor, que optó por la vida, sin actitud de decadencia. El lenguaje rotundamente masculino le permitió acuñar expresiones antológicas, con referencias a diferentes tiempos verbales: “Hoy, vas a entrar en mi pasado”. Claro, para un poeta de esa edificación sin rajaduras, hoy y mañana son sólo adverbios de tiempo.
En esta cita que tiene Enrique Cadícamo con el alma de Gardel, años antes de encontrarse en el cielo con su amigazo, le habla del pensamiento que varias personalidades tienen de él:
- Seguramente -le dice-, cuando te encontraste en el Paraíso con el Polaco Roberto Goyeneche te dijo esto que me lo dijo a mí:
“Nunca terminaremos de agradecer. Un intérprete de tango debe escucharlo, porque él fue el inventor de todo: registro de voz, color, potencia, calidez, ´pianissimi`, matices. Fue y sigue siendo un monstruo. Cuando yo empecé no había pautas para imitar a Gardel. Además, soy de la idea de que nunca se hizo historia de una segunda parte, pero, para imitar a un monstruo hay que dejar de ser personal. Y siempre es una mala copia”. Y Edmundo Rivero que te habrá recitado allá en la Gloria. “Los cantores anteriores a Gardel no aplicaban a su canto las ornamentaciones vocales-musicales que él rescató después de haberlas aprendido. No habían descubierto la importancia de tales adornos. Es por eso que considero que no fue un cantor sino El Cantor, que nos dejó el invalorable legado técnico que adoptamos luego nosotros cuando cantamos nuestra música”.
Y Raúl González Tuñón en su poema de la película “¡Carlos Gardel, historia de un ídolo!”: ¡Y nadie ha superado la voz inconmovible/ en la luna del disco y en la rosa del aire./ Quizá cuando otra vez vuelva a caer la nieve/ -sobre nuestra ciudad- otra voz se le iguale/. Ahora está con Arolas, con Celedonio Flores/ Discepolín y Paquita y el Malevo Muñoz”. Y quiero que escuchés esta frase de Mario Benedetti de su poema “Subversión de Carlitos el Mago”: ¡La verdad es que fuiste genialmente cursi/ y soberanamente popular/... pero es seguro que sucedió algo/ algo que te movió el gacho para siempre/ fue entonces que sacaste de la manga/ los seis o siete tangos con palabras rugosas/ y empezaste a cantarlos como nunca...! Y tu sonrisa de Troesma inspiró infinidad de trazos geniales de los pintores, y entre ellos Hermenegildo Sábat, tan original y tan notable que se revaloriza, pintándole en mil poses mágicas. Lo mismo que el fotógrafo centenario José María Silva que en su taller montevideano te hizo el daguerrotipo de tu estampa que marcó el punto máximo de perfeccionismo.
Pero lo más significativo, y que seguramente ya te contó Alfredo Zitarrosa que debe hacer dúo contigo allá en el cielo, fue lo que le dijo Juan Carlos Onetti: “Decí que lo más importante que ha sucedido en el Uruguay en materia artística, se llama Carlos Gardel”. Y ni qué decir de Ramón Gómez de la Serna: “Era el varón del tango. La voz de Gardel era una herida en su rostro y nos acordaremos siempre de su expresión llagada”. Y Florencio Escardó: “Salvo Cardel, nadie ha poseído la ciudad. Es la única persistencia auténtica en la sentimentalidad de Buenos Aires”. Y Homero Manzi: “Buenos Aires tuvo en él a un historiador inesperado y preciso, puesto que sus cantos son momentos de la historia, pequeña, viva y sin nombre”. Y Charles Aznavour: “Soy fanático de Gardel...”. Hasta Perón habló de tí: “Sólo un hombre con la sonrisa de Gardel puede llegar a ser Presidente de la República”. Y aquí está una estrofa del poema “El Morocho” que yo te dediqué Carlitos: “Y aquel cantorcito de mil nueve ocho,/ en su afán de altura, se perdió en el cielo.../ Hoy, entre las nubes, estará. El Morocho,/ cantando sus tangos y haciendo un revuelo...”.
“Pa’ que te voy a cansar”, concluye Enrique Cadícamo, estas anécdotas de Julio Cortázar que sean las del estribo: La primera que tiene su intención, y es algo que fascina y la segunda que te hará reír: “En un restaurante de la rue Montmartre, entre porción y porción de almejas a la marinera, caí en hablarle a Jane Bathori de mi cariño por Gardel. Supone entonces que el azar los había acercado una vez en un viaje aéreo. -Y qué le pareció Gardel?, pregunté. La voz de Jane Bathori: “esa voz por la que en un día pasaron las quintaesencias de Debussy, Fauré y Ravel” me contestó emocionada: -Il était charmant, tout á fait charmant C’ était un plaisir de causer avec lui. Y después, sinceramente: -¡¡Et quelle voix!
La otra se la debo a Alberto Girri, y me parece resumen perfecto de la admiración de nuestro pueblo por su cantor. En un cine del barrio sud, donde exhiben “Cuesta Abajo”, un porteño de pañuelo al cuello espera el momento de entrar. Un conocido lo interpela desde la calle: -¿Entrás al biógrafo? ¿Qué dan? Y el otro, tranquilo: -Dan una del Mudo...”. Al final quiero que sepas que aquí en El Plata habitás en nuestras almas, y pasás una y otra vez del adjetivo al sustantivo para poder recuperarte como nombre común. ¡Estás volando Carlitos...! ¡Ya nos veremos en el cielo para oírte siempre! ¡Zorzal: cada día cantás mejor! ¡Adiós!! Y Enrique Cadícamo se quedó a la espera de encontrarse un día con su amigo del alma allá en la gloria.