Bolivia, 7 de junio de 2009
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Lo que no debemos callar

Cuba y la OEA

Santiago Berríos Caballero

Después de mi retorno de la isla de Cuba, donde asistí a un Congreso sobre Derecho y Justicia, efectuado en el Palacio de Comunicaciones, en el que tuve la suerte de encontrarme y conversar unos pocos minutos con el que fuera Canciller cubano el Sr. Felipe Pérez Roque, quien fue destituido de su cargo el pasado mes de marzo por supuestamente haber tenido ambiciones de poder, me atreví a contar una pequeña experiencia con la gente del pueblo cubano, particularmente con los de la tercera edad (que era lo que más me interesaba, porque fueron protagonistas de aquel primero de enero del año 1959), quienes me hicieron algunas confesiones (aunque un poco desconfiados) sobre la realidad cubana.

En sus conversaciones me decían que ellos se consideraban “Fidelistas pero no comunistas”, elogiando la figura del líder cubano, pero con atisbos de reprobación a lo que ellos denominan “burocracia” y “militarismo”, a quienes consideran los beneficiarios de la revolución antes que al propio pueblo, aunque de mi parte me permití hacerles saber que si la mayor parte del pueblo se estaba sacrificando era por el embargo dispuesto por el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, así como por la desaparición de la Unión Soviética, que fue la que en su momento sostuvo aquella revolución.

Sin embargo de esa realidad, el criterio de esos cubanos de la tercera edad, que era de absoluto radicalismo frente a esa burocracia y militarismo, era que todo lo que ocurría en la isla no era de conocimiento de Fidel Castro, por lo que afirmaban “Si Fidel supiera”, de modo que era difícil, sino imposible, que cambiaran de opinión. Muchos de aquellos ciudadanos seguramente ya no están con vida, porque esas conversaciones fueron de hace casi cuatro años al presente.

Lo recogido en aquella oportunidad determinó que mi nota sobre esas circunstancias lleve aquella afirmación de: “Si Fidel supiera”, publicado en estas mismas páginas del Decano de la Prensa Nacional, EL DIARIO. Ahora anuncio que tengo en borrador un trabajo sobre esas experiencias, que fue producto además de algunas conversaciones con algunos funcionarios diplomáticos que cumplían misión en la isla, trabajo que llevará ese mismo título, y que podrá ser publicado en el futuro.

Después de aquel episodio antihistórico del año 1962, cuando la Organización de Estados Americanos determina la expulsión de Cuba de su seno, debido a que se proclama como un Estado Socialista, bajo la égida del Partido Comunista, una mayoría del pueblo boliviano, así como de otros países de América Latina, se pronunció en contra de aquella decisión, calificando a la OEA como el Ministerio de Colonias de EEUU, ya que el origen de aquella decisión expulsatoria se consideraba que provenía del país del Norte, manteniéndose hasta el presente en statu quo la misma, aunque en la última Asamblea General de dicha organización latinoamericana, efectuada el pasado miércoles 3 de junio, se determinó el retorno de Cuba a la organización, la misma que puede ser considerada como una gran victoria de algunos de los pueblos de América Latina, y no así del propio Gobierno cubano, al que en última instancia parece que no le interesa dicha determinación, porque ha sido el propio Presidente del Poder Popular de Cuba, Ricardo Alarcón, quien ha manifestado que la misma: “no modifica en nada lo que Cuba pensaba anteayer, ayer y hoy”, significando con ello la tesis permanente de que la OEA no sería el reflejo de la realidad latinoamericana, la misma que se encuentra establecida en la propia Carta de la Organización de Estados Americanos.

Esa opinión significa que Cuba no retornaría a la OEA, mientras no se modifique el contenido de su Carta, así como en respuesta al criterio de la disidencia cubana que se encuentra en Estados Unidos, la misma que coincide con la posición adoptada por la secretaria de Estado de EEUU, Hillary Clinton y otra dirigencia de ese país, porque ambos refieren que ese retorno estaría sujeto al cumplimiento de los principios de la OEA, incluyendo la democracia y los derechos humanos. Eso para nosotros es una condición previa.

Es cierto que todo país, cualquier país, tiene todo el derecho de escoger el sistema a ser aplicado bajo el principio de la soberanía, pero también es cierto que en todo país, en cualquier país, debe aplicarse la democracia y el respeto a los derechos humanos, porque de lo contrario no se tendría sino la imagen de un sistema autocrático y dictatorial, avalado por una Constitución Política del Estado que nos trae a la memoria lo dicho por Luis XV: “El Estado soy yo”, por una suerte de retorno al sistema feudal de la Edad media.

 



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