La pasión del saber
y su tragedia
Ramiro Otero Lugones
El miedo aparece cuando en el entorno social alguien se pone a administrar la libertad de expresión y pretende reglamentarla por decreto. Después vendrán los cánones restrictivos y el “diktat” en el absurdo, nada menos que en el mundo de la revolución de las comunicaciones, como si fuera posible volver a la barbarie y al medioevo. Por lo que golpea al recuerdo aquel momento histórico en que la Filosofía se libera de la férula de la Teología y las ciencias hacen lo propio liberándose de la Filosofía.
Galileo Galilei convirtió entonces a la catedral de Turín en laboratorio de Física, donde cuestiona al planeta Tierra. A pesar del enorme desafío que importa su descubrimiento de que la Tierra se mueve, nadie se siente amenazado, pero, cuando rompe el silencio y comunica el descubrimiento la autoridad se conmueve y el descubrimiento resulta peligroso. Por eso, la autoridad dispone acallar la palabra para ocultar el descubrimiento y su conminatoria terminante admite como alternativa la abjuración de Galileo o su muerte. Así el anatema pretendió silenciar la verdad aunque la realidad no se altere: “sí se mueve”.
El recuerdo nos lleva a la reflexión porque el efecto social del conocimiento se abre con la comunicabilidad cargada de cambio, mediando entre el sujeto pensante y la realidad cuestionada. Opera a través del otro, la sociedad. Así lo entendemos, al hablar de conocimiento comprensible, aunque en el mismo Siglo XX el cinismo pretendió silenciar al entendimiento. Intervino la autoridad de turno con los ismos aberrantes, pero fue aún más adverso el entorno, donde los núcleos pensantes cayeron sofocados por la demagogia social y su efecto sobre la masa pedestre.
¿Quién ha dicho que el conocimiento es un camino ascendente?, cuando tiene sus caídas y recaídas, incluido al pozo negro del olvido. Es la pasión del saber para no hablar de su tragedia cuando la verdad es quemada viva. Por eso, en las sociedades como en las grandes novelas hay un capítulo y a veces como epílogo, el del Gran Embrutecimiento, y ha sucedido tantas veces, cuantas la ignorancia se hace poder.