Juan Conitzer: fábulas, formas y colores nada ingenuos
Carlos Capriles Farfán
Juan Conitzer Bedregal nace en La Paz, Bolivia, el 15 de abril de 1949, estudia Artes Plásticas en la UMSA, es egresado de la facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad. Ha publicado varios libros y ha realizado numerosas exposiciones de dibujos, pinturas, esculturas y grabados.
Quienes conocen de cerca el mundo fantástico y creativo de Juan Conitzer, saben muy bien que él es capaz de producir una gran cantidad y variedad de cuatros en muy corto tiempo. Y es que Juan es un trabajador compulsivo del dibujo y la pintura; vive apasionadamente para su arte. Un artista de su categoría discurre con sencillez y simplicidad dentro del campo de las artes plásticas; sin levantar polvo, sin mercantilizar su talento, como también sin tropezar con nadie, ni con nada. Él deja que simplemente su personalidad, su creatividad se presente a todos con simpleza e ingenuidad, con ternura y amor. Muestra todos sus matices, evitando a todo trance brillos impertinentes, destellos inútiles e improductivos, distorsiones o mentiras estéticas.
Cada cuadro de Juan es una bella fábula, un maravilloso cuento de la realidad de nuestro universo. Nos pone como espectadores ingenuos del dolor y la miseria humana que a todos nos rodea, aquí o en cualquier otro lugar del planeta. Ser pintor de oficio no siempre significa ser artista; en Juan sí, él se entrega continua y totalmente en el trazo fino de su tinta o en las manchas de su pincel de un dramatismo sin alardes de tal, pero siempre expresivo de los estados de ánimo, de un paisaje natural o de figuras fantásticas o humanas. Se da y se entrega con sinceridad y devoción de un sacerdote humilde y valiente. Es de los que incursionan sin el menor temor a lo diferente, de los que corren el riesgo de quitar el polvo a lo tradicional y obvio. Después de pintar puede deambular como cualquiera, silbar, jugar con los niños o ir a comprar papas al mercado. Juan no pinta una región precisa, va mas allá: pinta el mundo, la humanidad en pie, jugando, en llanto vivo, sonriente, alegre, triste, con humor, diciendo más de lo que dice.
Frente a la naturaleza grandiosa, él pinta con absoluta libertad, sin cadenas o compromisos extra estéticos, dando plena independencia al color como lo hicieran ayer los maestros del impresionismo o como hoy lo hacen los pintores ingenuistas. Luz y sombra son tratadas con libertad absoluta y en vivos matices. El trazo es violento pero firme, cuando no, suave y delicado, los temas son múltiples y en muchos casos, las imágenes son apocalípticas, respondiendo a un conocimiento ilustrativo amplio que no deja nada al azar. Hay algo que tiene que quedar bien claro, es que Juan no pinta para los niños, ni como un niño, como pareciera. Con ironía Juan nos muestra o refleja una sociedad destrozada, desordenada, decadente. Tampoco es casual que los desequilibrios ecológicos y los estragos a la naturaleza estén bien marcados en sus cuadros, de la misma manera que sus imágenes sean una lección y una advertencia sobre los abismos a que nos lleva la “civilización” y con la que nadie está para nada conforme.