Postración que asfixia
Severo Cruz Seláez
Los políticos, hoy como ayer, son responsables, en su mayoría, de la postración social, económica y cultural, que inviabiliza toda proyección histórica, en detrimento de la aspiración de un futuro mejor. En vez de fortificar el espíritu del amor, de la unidad y del entendimiento civilizado, sembraron la discordia, el odio y la división. Dieron prioridad a sus intereses mezquinos y no a los supremos intereses nacionales. Sólo les interesó medrar a costa del erario nacional.
Enarbolaron banderas de cambio siempre, y no hicieron otra cosa que ahondar la frustración y desesperanza. Ofrecieron, en épocas electorales, miles de empleos, pero en el Gobierno se olvidaron de la palabra empeñada y no se dignaron siquiera a generar fuentes de trabajo. Ebrios de poder ignoraron el desempleo que angustia aún a los más. Una cosa son los políticos y otra es el pueblo ávido de pan, de techo y libertad. Consecuentemente aquéllos están conminados a un servicio incondicional al pueblo y a la Patria.
No estamos dispuestos a obedecer ni a seguir a los políticos sino a la Patria que nos cobija. Los políticos pasan, pero la Patria queda. Los políticos son cicateros, embusteros y angurrientos. La Patria es extremadamente generosa, por ello merece nuestra confianza y esfuerzo, requiere del concurso desinteresado de sus hijos para movilizarse hacia el éxito de cara al Siglo XXI.
No existen puntos de coincidencia entre los políticos para alentar proyectos de envergadura por la salvación nacional. Mientras ellos pugnan por el poder el país se va a la deriva con la consiguiente profundización del racismo, regionalismo y pobreza que lesiona la dignidad de amplios sectores sociales.
El “enguerrillamiento” en torno a intereses personales o partidarios, quebranta el espíritu de la unidad nacional. El enriquecimiento ilícito, es decir la corrupción, vulnera la aspiración de tiempos mejores. La división campo – ciudad agudiza los resquemores sociales más que en la Colonia. Contribuyentes y no contribuyentes al erario nacional viven en permanente suspicacia.
Estamos de acuerdo con la recuperación de la dignidad nacional mellada por intereses creados. Con lo que no estamos de acuerdo es con la soberbia, el insulto, la mentira y la confrontación de los políticos, en detrimento del diálogo, del consenso y la unidad nacional, en circunstancias que Bolivia clama el esfuerzo mancomunado de sus hijos ante un futuro incierto.
El pueblo requiere políticos que conozcan su idiosincrasia y sus necesidades materiales y espirituales, provistos de sensibilidad social y vocación de servicio a favor de los humildes no sólo indígenas sino de la clase media empobrecida. No sólo kollas sino cambas. Que propugnen, a los cuatro vientos, las expectativas de mejores días, en estos tiempos de una democracia devaluada y arrinconada.
En suma: los bolivianos anhelan contar con políticos entregados al servicio y engrandecimiento de la Patria, con verdadera justicia social, como un aporte a la redención de los más humildes.
Demandan la humanización de la lucha política estimulando el diálogo en aras de la unidad nacional. La soberbia, el revanchismo y la tozudez sólo contribuyen a la división del país y al atropello de los derechos humanos.
Necesitamos políticos con espíritu de reconciliación que apuesten al fortalecimiento de la integración nacional tan deteriorada por actitudes regionalistas y racistas. Que sean consecuentes con los altos intereses de la Patria, tomando en cuenta, primordialmente, el nacionalismo o la invocación del sentimiento nacional.
Necesitamos políticos con tendencia a la construcción de un Estado moderno, fuerte, autónomo, independiente y sin ataduras, sin regionalismo, racismo, odio ni discriminación, sino con la decisión de secundar los postulados de inclusión e integración, que les permita recuperar la credibilidad ante la opinión pública interna y externa.
Políticos con capacidad de discernimiento de la realidad nacional; con creatividad e imaginación para movilizar a Bolivia hacia un derrotero mejor; y con solvencia moral, como signo de transparencia y honestidad.