Bolivia, 26 de mayo de 2009
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El heroico Batallón Colorados

Jorge Edgar Zambrana Jiménez

I.- El 26 de Mayo de 1880 marca para Bolivia un hecho triste a la vez que glorioso. En esa épica jornada fueron sacrificadas por la patria las grandes figuras de los Colorados de Bolivia, merecedores de la gratitud nacional.... ¡Salve a ellos! Consumado el doloroso cautiverio de nuestro Litoral, nos queda por ahora la experiencia de ese suceso tan luctuoso para aleccionarnos.

El 12 de enero de 1875 el Ministro de Guerra de Bolivia y comandante en ese entonces del legendario batallón Colorados, don Hilarión Daza, llegó en misión de estado al puerto de Mejillones; allí estaba el buque de guerra chileno “Abtao” cuyo capitán lo invitó a subir a bordo y tuvo la desfachatez de informarle que estaba haciendo un reconocimiento científico de la costa y puertos bolivianos, por orden del Gobierno chileno. El Ministro no dijo ni hizo algo al respecto, y su negligencia no le permitió darse cuenta que el tal “reconocimiento científico” era el preparativo para una planificada próxima invasión para hacerse dueños del guano, salitre, plata y cobre bolivianos, en una agresión de conquista.

Cuatro años después se presentaron en Antofagasta navíos de guerra de Chile, irrumpiendo en nuestro suelo el 14 de febrero de 1879 con un ejército pertrechado con financiamiento de Inglaterra, portando los mejores fusiles, ametralladoras y cañones de la época. Esos buques blindados eran los más perfectos de su clase, salidos de los astilleros ingleses para la marina chilena. Ante la indefensión y el abandono gubernamental de nuestras costas, se produjo el ataque de agresión y usurpación del Departamento del Litoral. Bolivia no tenía un solo buque y se hallaba sin armas y sin recursos de guerra, y en aquel trance de honda y amarga crisis, armada sólo de dignidad y altivez y sin tener montado ningún material militar y desposeída de los equipos y bastimentos indispensables para una campaña militar, fue al encuentro de su pérfido y criminal agresor.

El acto atentatorio a la soberanía e independencia de Bolivia, se agravó más escandalosamente con la ocupación filibustera de los puertos de Mejillones, Cobija y Tocopilla. La invasión se hizo extensiva a Calama, donde 135 valerosos civiles bolivianos desprovistos defendieron solitos hasta el último trance la integridad de nuestro litoral, contra 1400 soldados chilenos bien pertrechados.

Así, se le arrebató a Bolivia toda su costa incluyendo sus vitales puertos. El general Daza no tomó ninguna precaución durante el transcurso de los años 1875-78, no obstante que ya sabía de las intenciones agresivas de los chilenos. Esa es la razón por la que el Gobierno no socorrió a Calama.

El 1° de abril de 1879 Chile declaró la guerra al Perú, ya que lo que le interesaba también era destruir al país incaico reduciendo a polvo sus puertos, su infraestructura ferrocarrilera y arrebatarle sus valiosos depósitos de guano y salitre. Fue en realidad una guerra inglesa contra Bolivia y Perú, con Chile como el instrumento. El poder militar peruano era débil, escaso y mal preparado.

Desde mayo hasta octubre de 1879, un solo buque peruano, el Huáscar, se batió contra toda la escuadra chilena; y mientras tanto Chile, que ya había ocupado todo el litoral boliviano desde el paralelo 24° hasta la desembocadura del río Loa, no pudo desembarcar ni un solo soldado en territorio peruano. Pero luego de ser destruido el Huáscar combatiendo contra blindados incomparablemente superiores, el Perú perdió su fuerza naval y el camino de la invasión terrestre a Tarapacá quedó abierto.

El 2 de noviembre es tomado el puerto de Pisagua luego de ocho horas de combate, donde 217 peruanos al mando del teniente coronel Issac Recavarren y 964 bolivianos al mando del general Pedro Villamil, todos mal alimentados, mal vestidos, y provistos de armamento obsoleto, se enfrentaron a 13.000 chilenos bien pertrechados que desembarcaron en 44 lanchas procedentes de 20 buques de su escuadra, uno de los cuales, el Pelican, enarbolaba el pabellón inglés. El ataque era apoyado con el cañoneo ejercido por un blindado y cuatro corbetas, además del nutridísimo fuego de ametralladoras procedente de los demás barcos y lanchas, más el apoyo de granadas y cohetes modelo Congreve de última tecnología de esa época, lo cual ocasionó también el incendio de toda la población. Muy pocos en el mundo podrían sobrepasar el heroismo que demostraron los defensores aliados en lucha tan desigual. En esta acción, las puertas del Perú fueron arrancadas de sus goznes y arrojadas sobre la arena. Entonces, los invasores pudieron ingresar y abalanzarse sobre la provincia de Tarapacá, donde iba a tener lugar la batalla decisiva en la meseta de Intiorco a siete leguas de la población de Tacna, en la que 4.800 peruanos y 4.200 bolivianos se enfrentaron a 22.000 enemigos que los rebasaban grandemente en cuanto a la potencia de su armamento. Durante la noche anterior al combate, los soldados de la Alianza salieron de sus posiciones emprendiendo larga y penosa caminata, atravesando a tientas ríspidos arenales, y trataron de sorprender desprevenidos a los contrarios que dormían en su acantonamiento de Quebrada Honda, pero equivocaron el camino debido a la niebla, y antes de que ocurriera un desastre mayor se tuvo que ordenar la contramarcha.

A las siete de la mañana del día siguiente, se produjo la batalla; los aliados estaban con el estómago vacío, cansados y sin haber dormido. La artillería chilena tenía 60 unidades de la última generación de cañones alemanes Krupp de calibre 9, además de 1.700 jinetes de una caballería bien equipada, apoyados por las más modernas ametralladoras modelos Gattling y Hotchkins. Los aliados sólo contaban con 21 piezas de diminutos cañones ya obsoletos de calibre 6. La infantería chilena estaba armada con fusiles modernísimos modelos Comblain, Beaumont y Grass, en contraste con los anticuados Remington, Chassepot y Emans de los contrarios, careciendo éstos de caballería. (Continuará).

El autor es Ingeniero Civil y Analista de Historia y Economía.

 



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