Fuerzas Armadas, factor de poder
Juan Carlos Tapia Villarreal
La Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas establece en uno de sus artículos más relevantes que es la institución fundamental y "tutelar" del Estado, causando este último término controversias y debates respecto a sus connotaciones, por lo que después de algún trámite legal y congresal, este adjetivo es objeto de una exclusión definitiva del texto orgánico castrense. Entonces el tutelaje que se confería a las FFAA sugería en cierto sentido un paternalismo, sin cuyo amparo, protección, guía y defensa, el país sería incapaz de regir su propio destino. Nada cierto que lejos de su aplicación infundada rayaba en la exageración, fuera de toda realidad y marco constitucional; sin embargo, el concepto de este adjetivo se encuentra nítidamente implícito en las misiones que le asigna el Art. 208º de la Constitución Política del Estado.
El poder político fue traspasado en 1982, por parte del último Gobierno militar, a manos de la clase política que supuestamente debía vindicar y fortalecer los valores democráticos casi destruidos. Lejos de estos sanos propósitos, en más de 25 años de desgobierno y pseudo democracia, sin pausa alguna sistemáticamente depauperaron y saquearon el país, frustrando así el restablecimiento de una democracia respetada, fuerte y progresista. Un neoliberalismo de etiquetas perdura hasta nuestros días, secante y centralizador de permanente transgresión a la Constitución Política y a las normas establecidas. Este proceso presidencialista exacerbó la codicia, dejando a la nación sin esperanza y futuro. Con certeza podemos afirmar que la institución armada no ha podido substraerse de la nefasta influencia y los embates de la perniciosa política partidaria; y además que su conducta resulta ser la fiel expresión y reflejo de los comportamientos y psicología del pueblo.
Los esquemas de Gobierno de diferente corte ideológico durante el período neoliberal ocasionaron continuos conflictos y amenazas desestabilizadoras, por lo que para mantenerse en el poder político, aviesamente optan por escudarse bajo el paraguas de las Fuerzas Armadas, so pretexto del artículo anteriormente citado, donde se dice que una de sus misiones es "garantizar la estabilidad del Gobierno legalmente constituido", apoyado por otro artículo: "las Fuerzas Armadas dependen del Presidente de la República y reciben sus ordenes". Tales artículos fueron objeto de aberrantes e interesadas interpretaciones.
Esta herramienta constitucional da lugar a un empleo abusivo y caprichoso de la institución armada, convirtiéndola aparentemente en una especie de "guardia pretoriana", ya no del Gobierno, sino del Presidente como sujeto, dando órdenes e instructivas, que pese a los principios institucionales y valores que exaltan la formación militar, están obligados a cumplirlas. Tales disposiciones atentaron contra el mandato constitucional, haciendo del colectivo castrense un instrumento de uso inmediato represivo, coercitivo y de acciones violentas en contra del pueblo, su esencia y razón de ser; a veces actuando bajo una subordinación forzada, nada consciente, como en los últimos eventos políticos. Por cumplir su misión se constituye en cómplice circunstancial de hechos ominosos y abusos de poder, en especial cuando la monomanía y el trastorno afectan las decisiones gubernamentales, como queriendo distraer ante la tremenda inestabilidad democrática de una nación carente de estrategias y políticas económicas; alimentada por una escalada de corrupción política partidaria en todo nivel. Cocaleros y el narcotráfico operan con libre albedrío; siguen el contrabando encubierto y la delincuencia común, hay estallidos de violencia social, de odios, rencores y racismos; el gobernante con delito de lesa patria divide al país en oriente y occidente, el terrorismo de Estado incentiva tendencias separatistas y divisionistas y hay un posible terrorismo.
La demagogia del engaño y la mentira no pueden esconder los índices de desocupación, la falta de trabajo y la extrema pobreza, aislando al país del contexto internacional, destruyendo el aparato productivo; además las agrupaciones sociales mercenarias de choque convierten a la ciudad ínclita en campo de concentración, y muchas otras irregularidades nos dejan con incertidumbre y desasosiego, frente al fantasma de una desintegración nacional.
Precisamente este período traumático sorprendió y afectó a la conducta profesional del militar, por un esquema político que distorsiona los conceptos de su misión constitucional. Este manejo demuestra claramente que la institución armada es un verdadero "factor de poder", y razonablemente un genuino tutor que ampara, protege y defiende, pero ya no al Estado o Gobierno, sino al esquema político partidario. Desde el año 2005 las disposiciones y el manoseo institucional conllevaron perversas consecuencias, al cumplir misiones fuera de sus específicas funciones, todo gracias a los mandos naturales que inconmovibles se convirtieron en la llave del instrumento de seguridad político partidario.
Estas irracionales actitudes de los altos mandos próximos pasados, permitieron que se fecunde en la institución armada un virtual resquebrajamiento de su estructura moral, mucho más si para esto se han empeñado dignidades y conciencias traducidas en ciegas expresiones de lealtad y servicios, en detrimento de la capacidad conductora y mando, echando por los suelos todo sentido de orgullo y dignidad personal, a sabiendas del cebo de prerrogativas, premios y beneficios inmediatos, que sin escrúpulo comprometieron a la institución armada.
La angurria de poder de la clase política ha distraído la gestión gubernamental sobre los problemas básicos y esenciales del país, envuelto en conflictos de vórtices críticos, y al igual que los neoliberales, apelan a los mandos superiores corrompiendo deberes, con dádivas y prebendas de toda clase, en contra del honor y dignidad institucional. Son pésimos antecedentes que dramáticamente crearon un aflojamiento profesional, y para tranquilizar el malestar, dotan de medios logísticos que no cubren necesidades de organización militar.
Asimismo, es deber de todo Gobierno potenciar y modernizar a la institución armada, acorde a los avances de la tecnología moderna, con actitud política que denote seria preocupación por la seguridad del Estado y los intereses nacionales, y no represente el precio de un burdo chantaje que condicione el comportamiento institucional, dirigido a proteger y secundar acciones antidemocráticas.
Sin embargo de sus luces y sombras, de glorias y derrotas, no podemos ignorar que la permanencia histórica de las Fuerzas Armadas en el ámbito nacional ha significado, hasta el momento, un verdadero factor de confianza, tranquilidad y seguridad. Como entidad corporativa detenta altos niveles de poder y decisión, y como actor social ha desarrollado capacidades de manejo político ideológico, con una sólida conciencia y espíritu de Patria, con firmes convicciones de respeto a la justicia y la libertad, tan intrínsecos en la esencia de cada uno de sus componentes, sobre todo por su fuerza integradora que motiva a la institución a una tenaz vigilia por la unidad de la madre Patria, para liberarla de todo asedio extremista que atente contra la unidad institucional y nacional, sean éstos verdes, azules o violetas.