El cambio y las élites nacionales
Carlos Azcárraga Peña y Lillo
A la luz de los últimos sucesos delictivos se puede concluir que nuestra Bolivia nunca se dividirá. La corrupción es tan grande, está tan generalizada y enraizada que llega a constituirse en un vínculo tan fuerte que parecería indestructible.
Lamentable y artificialmente se han venido profundizando las diferencias, somos enemigos por todo: por regiones, por partidos políticos, por el color de la piel, por el idioma que se habla, por la religión, por el barrio en que se vive, en fin, hasta por el equipo de fútbol que se apoya. Es decir, por todo y por nada. Sin embargo, llegado el momento de robar se produce el milagro de la integración, no importa la “diferencia”, el objetivo superior y aglutinador es el saqueo del Estado.
A esta altura analizar el tema del “cambio” es absurdo; la ilusión del cambio murió atropellada por camiones de contrabando y asesinada por la angurria de gente que jamás alcanzará santidad alguna. Corrupción siempre hubo, pero este era el tiempo del cambio.
Como viene pasando desde la “Revolución Nacional”, la “Nueva Bolivia” y todos los eslóganes que tuvimos que tragar, el tiempo del cambio pasará dejando únicamente una nueva burguesía. Lo más preocupante son las páginas de avisos necrológicos llenas de rimbombantes nombres de gente integrante de las más ilustres familias nacionales, que expresan el gran dolor que sienten por la muerte de un ciudadano, que todos los indicios apuntan murió en medio de una transacción delictiva. Más allá de lo humano, lo triste y estúpido que resulta la muerte de una persona, sana, fuerte, con todo el futuro por delante y con el mayor respeto al dolor ajeno; esta conducta pone a la vista la escala de valores de nuestras élites.
Otrora, los familiares del infortunado se hubiesen quitado la vida o se hubiesen marchado del país al ver manchado su apellido. En otras partes del mundo todo su círculo social les daría la espalda para no verse salpicados con el asunto. Sin embargo, para nuestras élites, que ‘se rasgan las vestiduras’ al ver a un indio en el Palacio de Gobierno, es un motivo de regodeo social el poner sus nombres en estos condolidos avisos de solidaridad y, por supuesto, no incomodará para nada el lucrar junto con indios y proxenetas.
Es la misma gente que seguramente, si no se producía el infausto acontecimiento, hubiese invitado al malogrado a integrar su club o se hubiese sentido honrada de que el vehículo Mercedes del año se estacione de visita en la puerta de su casa; con esos valores, sería absurdo cuestionar el origen de tantos millones de dólares. Aparentemente, y es lo más preocupante, parece que la Revolución Nacional ha encontrado un nuevo entronque histórico, esta vez con el Gobierno del “Cambio”.
Más que el rojo, amarillo y verde de nuestra bandera, la sociedad boliviana está unida por el verde del dinero, sin importar su origen o sus fines. Sería bueno hacer un alto en el camino y preguntarnos qué Bolivia queremos. Huanchaca sacudió los valores de la sociedad respecto al narcotráfico, esperemos que los últimos sucesos produzcan el mismo efecto con respecto a la corrupción.