Año Nuevo
Juan Bautista del C. Pabón Montiel
Volverán los tiempos a renacer, reverdecerán las eras. Las flores se vestirán de gala para presentarse ante el nuevo año. El universo todo convergerá ante nuestros ojos para brindarnos nuevas esperanzas. La vendimia será otra, con las uvas que resucitarán junto con la ofrenda Divina; en el altar con nuestras manos pondremos ante el Altísimo el eterno rito del sagrado trabajo de los hombres. El vino de siempre rociará el holocausto sagrado de la vida.
En el noveno año del Siglo XX1, al amanecer del primero de enero, las luces nos mostrarán que las inquietudes, los ideales, los paradigmas han renovado su tiempo, cual espuma de los mares besando al hombre sujeto del eterno Dios de la Vida. No seremos los mismos, nunca la tierra será la misma; atrás quedaron las cenizas muertas del año viejo. Miraremos nuestro espejo del ayer y de él extraeremos el sabor de la miel que no sacia. Abrazaremos la nueva cosecha de las primaveras que nos dejaron los días, los meses que se marcharon sin mirarnos, como huyendo de su paso.
Haremos nuestro inventario moral, la noche del 31 de diciembre sumaremos nuestros logros para que se recreen nuestros espíritus.
Restaremos lo muerto, lo perdido, lo desaparecido en las sombras del pasado. La vida se renovará en ese incansable repetirse de generación en generación, de tanda en tanda. Nuestros amores que se fueron nos dejaron el corazón dolido para hacerse mieses volviendo a las auroras. Todas las auroras cantarán, repicarán las campanas bajo la tierra. Las inmensas catedrales verdes de la vegetación nos estrecharán en suprema alquimia de la vida.
No podemos seguir viviendo entre la pena y el dolor, no podemos estar entre las lágrimas que son el bálsamo del alma, sin que nadie nos limpie el rostro de perla y nácar del renacer del todo y de la nada. Y nos limpia, cual sudario de las edades la seguridad, ya que mañana será mejor, con la certidumbre de que el ayer no labramos en vano.
Es evidente, los surcos de los ríos de nuestras caídas, de nuestros errores, quedarán cual bellas cicatrices celestes, enseñándonos que no fueron vanas las momentáneas derrotas, no en vano nos desesperamos para salir fortalecidos de la faena humana por excelencia.
No me conduelo del dolor mío, me conduelo del dolor del niño, del hambre que ladra en nuestros estómagos y de los verdaderamente pobres y humildes de corazón. Nos hiere está humanidad tan nuestra, tan cercana y lejana a veces, cuando la violencia estalla con el nombre de muerte, quitándonos la alegría de hoy y mañana. Esa humanidad, del santiguarse, de la vanidad indolente no es nuestra. Es quizá ajena o enajenada en el tráfago de la rutina muerta el año viejo.
Año Nuevo es el símbolo de la paz, es la carita del nuevo nacimiento, ligada por miles de manos que se alzarán para abrazarnos en ese sagrado momento de la felicidad. La humanidad tiene la convicción de que seremos mejores, que seguiremos en los caminos del descubrimiento, de la ciencia, de la visita a otros mundos. Esa humanidad es nuestra, con todos sus partos, con todas sus luces que son hijas de la vida.
Felicidades lectores, gentiles y generosos por leernos y entendernos en nuestro único amor y profesión: escribirles con la vocación suprema de servirles hoy, y quizá este año que llega. ¡Felicidades!