Bolivia, 31 de diciembre de 2008
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Cuba, el altar de Latinoamérica

Martín Santiváñez Vivanco

En el Palacio de los Capitanes Generales de La Habana, joya suprema del barroco cubano, antigua sede del imperium Hispanorum y flamante museo de la ciudad, existe un retrato. Sin ser una obra maestra, el viejo lienzo adorna la galería de próceres de la independencia, a vista y paciencia de los curiosos de turno que ignoran quién es el jovenzuelo macilento de fina estampa, mirada brillante y audaz, cuyo porte quedó inmortalizado en una imagen que el tiempo, poderoso señor, ha preservado del olvido.

El hombre de nuestro cuadro es el peruano Leoncio Prado, patricio indómito que participó en la lucha sangrienta de Cuba por su libertad. A él se debe la hazaña de haber capturado, al mando de un puñado de guerreros mambises, el navío español “Moctezuma”, bautizándolo “Carlos Manuel de Céspedes”, primer buque de guerra bajo la enseña cubana. Años después, fusilado en la guerra del Pacífico sin cumplir los treinta años, Pradito —así lo llamaban sus amigos— se sumaría al panteón de los héroes sudamericanos que trascendiendo las fronteras de los Andes, se enrolaron en una causa continental a costa de su propia vida.

La historia de Prado nos recuerda hasta qué punto el destino de Latinoamérica está unido a Cuba y a los cubanos. En el Siglo XIX, una generación superior de patriotas latinoamericanos no dudó en ofrendar su sangre en busca de la libertad. Hoy, en plena era posmoderna, su gesta ha sido sepultada por unos líderes obtusos que se niegan a denunciar la satrapía que los Castro regentan en el corazón de Occidente. Prado y los suyos no soportaron vivir bajo el oprobio. Nosotros, infelices, nos hemos acostumbrado.

Desde hace cincuenta años, Iberoamérica sangra por la herida cubana. La democracia latina, tras el triunfo de la revolución, deambula con las entrañas en las manos, como el alma en pena de una burda ficción dieciochesca. Sangramos y lo permitimos. Sangramos y lo fomentamos. España se ha sumado, ingenua, a esta feria de vanidades. El gobierno del PSOE, con su castiza reedición del “appeasement”, ha decidido convertirse en un gonfalonero más de La Habana, legitimando los actos espurios de una dictadura feroz que sonríe hipócritamente mientras nos inocula su ponzoña letal.

Contemporizar con el régimen castrista en pos de réditos electorales podría resultar ventajosamente inmoral, si lo que pretendemos es adherirnos al grupo de autocracias que Chávez ceba con su petróleo. Por el contrario, si buscamos fortalecer a las frágiles poliarquías latinoamericanas, la alianza de civilizaciones y el brindis ideológico no tienen perdón. Fidel Castro ha mantenido el cetro de mando a vista y paciencia de todos, con la complicidad de una intelligentsia adormecida y unos políticos irresponsables.

Iberoamérica, para el apocalipsis cubano, nunca tuvo una escatología. So pretexto de hermandad y panamericanismo mimó al faraón caribeño con una diplomacia enclenque, propia de gobiernos populistas y demagogos de salón. Mientras nos enfangamos en discusiones bizantinas sobre las tenues reformas de Raúl y el prolongado otoño del patriarca, crece la estela de cadáveres del fidelismo, se ensancha el torrente de sus veleidades, impera el sinsentido de su prole ideológica y se compromete, neciamente, el futuro de la disidencia.

La democracia triunfará sobre los Castro, sin duda, pero nuestra incapacidad para gestionar una dictadura en el largo periodo de medio siglo nos condena a vivir con su herencia maldita por muchos años. El castrismo lo ha infectado todo. Para muestra, el botón del Grupo de Río. Brasil y sus pretensiones hegemónicas, Venezuela, sus satélites arcaicos y la hipocresía de buena parte de los gobiernos latinoamericanos han materializado el último triunfo diplomático de un régimen putrefacto. Negociando con la revolución, perpetuamos una estructura de poder cuyo objetivo inmediato es sobrevivir al dinosaurio. No nos engañemos. Cuba será libre a pesar de los Castro, jamás con su ayuda. La hidra partidista que suceda a Fidel pactará cuando tenga que pactar, conspirará y traicionará a la democracia. Sufrirá, por supuesto, la tentación de la pólvora. Y no entregará el gobierno sin negociar prebendas y sinecuras. Por ello, alimentar sus apetitos equivale a cimentar su retorno.

Estamos en deuda con los cubanos. Sólo una generación forjada en el viejo espíritu leonciopradino liberará a la isla del Leviatán comunista. Durante medio siglo nos hemos sumergido en la apatía de Caín. Hoy, para colmo, danzamos al son de La Habana. Mientras en Cuba, el altar del continente, continúen inmolándose día a día las libertades de millones de personas, las democracias latinas jamás serán viables. En tanto no cese el holocausto impuesto por Castro —ese Kraken insaciable de poder— la unión iberoamericana será una dulce utopía. Pero así debe ser. Porque nada, absolutamente nada, ha de construirse sobre los huesos profanados de nuestro hermano, el justo Abel. Iberoamérica no está completa. Y sin Cuba, la auténtica Cuba, nunca, nunca lo estará.

El autor es Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas.

 



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