Soldado de la Patria o soldado del cambio
Hugo de la G. Murillo C.
El 10 de diciembre del año 1967 tuve el privilegio de participar en un acto de graduación de 63 Caballeros Cadetes del Colegio Militar de Ejército que, siendo bachilleres, escogieron la carrera de las armas y después de cinco años de intenso estudio y ardua preparación ascendían al grado de subteniente.
Era una doble columna, que a las diez de la mañana, con sus flamantes uniformes color plomo, hacía su ingreso al hermoso Patio de Honor de Irpavi para recibir los relucientes sables que la Patria les entregaría como símbolo de alerta para defenderla contra el enemigo externo cuando su soberanía, honor o dignidad estuvieran en peligro. Fue una inolvidable ceremonia que, al compás de bandas militares y reflexiones profundas, marcaba la entrega de 63 corazones conscientes del compromiso que adquirían al ofrecer sus vidas, por siempre, a la Nación.
Treinta y cinco años después pude presenciar similar ceremonia en instalaciones del Gran Cuartel General de Miraflores, cuando diez coroneles iban a ser investidos con el alto grado de General de la República, galones, relucientes sables dorados y el mismo propósito con el que la Patria los armó cuando ascendían a subtenientes.
En ambos acontecimientos todos y cada uno de los galardonados con el honor de vestir el uniforme de la Patria, prestaron individual y solemne juramento de servicio incondicional a Bolivia y a nadie más que a Bolivia, y besando el sagrado estandarte prometieron defenderla por entre todos los peligros como reza la proclama del Mcal. Antonio José de Sucre. Entonces aprendí que el incondicional servicio a la Patria era un compromiso y una obligación que tienen, de por vida, quienes ascienden al grado de subteniente, pero principalmente los honrados con el grado de general.
Bolivia ha visto pasar generaciones de generales, unos que cumplieron con el juramento de servicio hasta la muerte y otros no, pero los más supieron conservar la lealtad sempiterna a la Institución y a la Patria aunque su pasividad los vistiera de incógnitos. No obstante, antes no se había visto a nadie que superpusiera al uniforme un poncho ni se declarara “soldado” de otra causa que no fuera la noble causa de Bolivia.
Parece que la mística cambia con el transcurrir del tiempo o los acontecimientos y que quienes orgullosamente ostentaban el derecho de representar a las armas de la Nación hoy transfieren ese honor al servicio y la defensa de causas circunstanciales que aunque sean de “interés nacional” no prevalecerán como la República. Me refiero a las expresiones que en los últimos días fueron escuchadas, como “soy un soldado del proceso de cambio” y que sorprendieron ingratamente a quienes creemos en un juramento de honor y una lealtad de por vida a Bolivia.
Hace muchos años escuché decir: “Para alcanzar la cima de las aspiraciones hay que hacerlo volando como las águilas y no arrastrándose como los reptiles”. ¿Cuántos en el transcurrir de su vida vuelan como las águilas?
La vida nos enseña valores axiológicos que son indispensables de observar cuando se trata de representar a instituciones fundamentales, organizadas, serias y responsables; el no hacerlo significa baldón no sólo personal sino institucional, ya que quienes visten el uniforme de la Patria deberían ser genuinos representantes de la nacionalidad más pura e incorruptible y esto no es retórica sino una verdad a ser tomada muy en cuenta.
Causa por lo menos desazón comprobar que existen quienes, por conservar el cargo que, sin duda fue obtenido por propios méritos, o lograr un destino diplomático, olvidan la responsabilidad que adquirieron voluntariamente al decidirse por la carrera de las armas, vocación amiga del honor y la pobreza. Existen, dentro de la institución armada, organismos como el Centro de Diplomados en Altos Estudios Nacionales y el Círculo de Generales y Almirantes que deberían hacer escuchar su voz y poner coto a declaraciones y actitudes que deforman la esencia institucional, así como corregir in-conductas y despropósitos que se presentan en algún personal del servicio pasivo que, olvidando el juramento de lealtad y servicio, se entrega a otros intereses que no son precisamente los de la República.
Sorprende de manera ingrata la veleidad con la que algunas personas cambian de amo y entregan lealtades a granel olvidando quién y para qué los formó. Y si consideran su derecho a cambiar de conducta han dejado de ser Soldados de la Patria para convertirse en traficantes de lealtad.
El autor es Soldado de la Patria y nunca dejará de serlo.