Río infernal de la costumbre
Lavive Yáñez Simon
Esta frase de San Agustín define claramente lo que hoy, en pleno Siglo XX1 vivimos los bolivianos. Estamos inmersos en las verdades que la sociedad, siempre rutinaria, estableció como verdades absolutas, indubitables. Son los mitos los que nos rigen, detrás de los cuales se esconden las ideologías y los velados intereses. Hasta los ciegos y algunos sordos con un poco de sensibilidad humana y sentido común pueden entender los velados intereses que mueven al Gobierno central en sus apasionados discursos mitológicos en defensa de los pobres; la desgastada frase de la inclusión social en la defensa de los derechos humanos, palabras cargadas de pasión y de irrealidad, que hábilmente enajenan nuestro pensamiento, y con la más tonta ingenuidad, cedemos nuestro voto convirtiéndonos en verdugos de nuestro futuro.
¿Por qué dejamos que otros piensen, sientan y decidan por nosotros? Si bien es cierto que somos producto de la educación que recibimos, son tiempos de cambio. La tarea del pensamiento es revisar la educación que tenemos y todo aquello que habita en cada uno de nosotros en calidad de verdad. Debemos re-evaluarnos y ver qué hay de “cáscara marchita o de grano fecundante”. Son tiempos de respeto a nuestra individualidad, lideremos el cambio desde nuestra reconversión interna. Siempre he creído que la voz que habla más alto es la del ejemplo, los discursos que no se los pone en práctica son carnada para tontos y éxito para aquellos que viven de las ilusiones de un pueblo que, por su ansiedad de bien-estar, cree en los falsos profetas.
Es necesario vivir diferentes experiencias, aprender a no aceptar medicinas foráneas para nuestro malestar. Lo estamos sintiendo hoy, ya no es un simple malestar, ahora estamos enfermos de odio importado en frascos y definiciones extranjeras. Nos sometemos a ellas y repetimos como autómatas lo que otros dijeron, convirtiéndonos en cataplasma para un malestar mayor, la destrucción, resultado de la envidia, que para mí, es la admiración deformada. Es que acaso, ¿alguien que brille con luz propia será aceptado por el batracio de la maldad?
No más oscurantismo en este río infernal de la costumbre, desafiemos lo establecido y comencemos el tan mentado cambio, desde una buena actitud. Dejemos la demagogia para los que practican la “inferioridad en la vida y la superioridad en el pensamiento”; como diría Alfred Adler. Nosotros luchemos por esa revolución moral que hará de los pobres más ricos y de los ricos más dignos. Cambiemos a partir de nuestra verdad, aquella que es el resultado de la formación y los valores que tenemos. Reintegremos a la práctica de los esfuerzos por el desarrollo una dimensión ética. Volver a los valores que hay que tener en cuenta cuando se diseña políticas o cuando se toma decisiones vinculadas a la economía o al desarrollo en un país multiétnico y pluricultural. ¿Y si me engaño?, como dijo San Agustín, “Pues si me engaño soy. Lo que no existe, en verdad ni engañarse puede”, dejemos de ser invisibles, masas sin identidad y, con valentía, vamos todos a las urnas, y rompamos con el río infernal de la costumbre al sometimiento, para decir ¡No! a la mediocridad representada en el egoísmo, y sin miedo a las amenazas, que se han vuelto una constante del partido gobernante, defendamos nuestra libertad y el respeto a una verdadera inclusión y justicia social.
Nadie nació para semilla, y prefiero, mil veces, morir de pie… que vivir de rodillas.
Caminemos firmes, sin temor, dignos para combatir la corrupción, para trascender hacia valores y hacia puntos de partida que van más allá del síntoma y atacar las bases éticas sobre las cuales se construye una sociedad.
Con acción, sin críticas y con actitudes sinceras, podremos alcanzar la libertad que merecen los pueblos que viven en el marco del respeto y la responsabilidad.