Homenaje binacional al Mariscal de Zepita
El Presidente más notable de la primera centuria de nuestra vida republicana fue el Gran Mariscal Andrés de Santa Cruz Calahumana. Nacido el 30 de noviembre de 1792 en Huarina, “Aquel villorio de viviendas rústicas de paja y barro, posadas en una colina; para entonces la vida era tranquila y pacífica, desde niño siempre fue codicioso”. “Dos años antes, había llegado a aquel pueblo, desde Huamanga (Ayacucho), Joseph Santa Cruz Villavicencio, un maestre de campo. Como en el lugar conquistado no había mujer blanca y europea, las indiecillas tímidas no muestran indiferencia al avaricioso y sediento de poder, el hombre blanco conquistó sus tierras y corazones. El Corregidor un día posó sus ojos en una doncella indígena, la única hija del cacique, Juana Basilia Calahumana”. En cierto modo, dice el escritor Alfonso Crespo, en el “Cóndor Indio”: “La alianza resultó simbólica, se unían dos dinastías ancestrales y dos razas y caracteres diferentes, uno reverenciaba al Rey hispano, la otra al Inca muerto, ambos tenían conciencia de grandeza. Don Joseph recordaba al Imperio de Carlos Quinto y Juana Basilia el de Atahuallpa”.
Apasionante como signada de paradojas fue la vida de Andrés de Santa Cruz, si bien inicialmente pertenecía a la jerarquía realista, se dio cuenta que estaba equivocado y pasó a formar parte de los patriotas que luchaban por la independencia, consiguiendo victorias en Riobamba, Pichincha, Junín, Yanacocha, Socabaya, Ananta, Iruya, Humahuaca y Montenegro. Las citadas y gloriosas jornadas del preclaro hombre, que llevó adelante la integración peruana boliviana, con la premisa de construir la Patria Grande, como soñaban San Martín, y el Libertador Bolívar, las cuales coincidieron en las luchas emancipadoras de Túpac Amaru y Túpac Katari. En esos años el Mariscal de Zepita se distinguió como un verdadero organizador de la nación boliviana, un visionario que ha trascendido el escenario geográfico y político, convirtiéndose Bolivia, en poco tiempo, en uno de los países más estables y mejor administrados del continente.
Santa Cruz al regresar a su Patria, en medio de entusiasmo y del júbilo patriótico, el 19 de mayo de 1829, procedente de Arequipa, llegó a La Paz, después de haber ejercido el Supremo Gobierno del Perú durante un año; había sido llamado por Ley del Congreso boliviano, para asumir la Presidencia de la República. En el recorrido, se detuvo a orillas del lago Sagrado donde él nació, la oportunidad era propicia para que junto a un grupo de personajes, fundaran la logia “Independencia”, el objetivo era regularizar en lo sucesivo la marcha del Perú y Bolivia, en la que alentaban las esperanzas de unir a las dos repúblicas. Más tarde ese sueño se hizo realidad, en Sicuani en 1836 el Congreso peruano lo proclamaría Supremo Protector de la Confederación; igualmente, las Asambleas de Huaura y de Tapacarí ratificarían el proceso de integración, puesta en práctica en esos años gloriosos, entre dos pueblos de un solo destino.
Después de la caída de Yungay, que fue fatal para el Protector, en Chuquisaca se instaló el Congreso Nacional, donde José María Serrano y sus acólitos: Casimiro Olañeta y José Miguel Velasco, antes incondicionales colaboradores de Santa Cruz, acusaron al Mariscal de insigne traidor a la Patria, fue despojado de todos sus bienes, y fue declarado indigno de su ciudadanía, es más felicitaron a los invasores por haber derrotado al ejército de la Confederación. En el Perú, Agustín Gamarra y Ramón Castilla en componenda con las fuerzas chilenas persiguieron sañudamente al Mariscal y le hicieron un reconocimiento a Manuel Bulnes, otorgándole el título de Mariscal de campo y salvador de la Patria. Triste verdad, el Perú y Bolivia accedieron a la petición extranjera y suscribieron un convenio tripartito, por el que Santa Cruz fue entregado en calidad de rehén a sus enemigos del gobierno de Santiago.
Después de estar preso seis años, el 20 de abril de 1846 se embarcó a bordo de una fragata rumbo a Burdeos. No volvería más a Bolivia ni al Perú. En Europa recibió la justicia que merecía, la Corte Francesa lo acogió con honores extraordinarios. Antes de que parta el Viejo Mundo, el Cónsul de Gran Bretaña, Hugo Wilson, refiriéndose al Mariscal, dijo: “Confieso que me acerco a este indio con más reverencia que al propio Rey de Inglaterra”. En otoño de 1865, presiente que llegaría lo ineludible y escribe: “Sólo tengo una aspiración y es dejar mis cenizas en el pueblo que me vio nacer”. Una tarde del 25 de septiembre expiró para siempre.
Las obras y pensamientos del Gran Mariscal Zepita perviven imperecederamente, en virtud a que nos legó la unidad de dos naciones hermanas, quienes compartimos desde los tiempos inmemoriales una cultura e historia en común. Agradecidos por esa proficua labor, las FFAA, autoridades político-administrativas, el Perú y Bolivia y sus pueblos, rinden homenaje de admiración al insigne estadista, legislador y Supremo Protector. Honor y gloria al Mariscal Andrés de Santa Cruz Calahumana.
Dr. Franz Solano Chuquimia
Embajador de Bolivia en Perú